Ana ya no vive. No le interesa. Simplemente no quiere seguir con la farsa de la maravilla. Ana ya no vive. Las experiencias perdieron el encanto. No puede ser feliz frente a tantos deseos ajenos. Ana ya no vive. Lo decidió hace un tiempo. ¿Para qué vivir, si no es más que esperar un turno con la caprichosa Felicidad? No. Ya no lo toleró más y decidió cortar por lo sano. Ahora es distinto. Los días pasan y nada cambia. Porque Ana ya no vive. No ríe. No reniega. No se enoja y ya no llora. Sólo se hunde en lo insípido de la rutina. Jamás pensó que sería así de fácil. Como apagar la luz. Dejar de vivir es tan fácil como eso. Ahora es una espectadora y puede ver las miserias ajenas sin el miedo de padecerlas algún día. Porque para sufrir hay que estar vivo, y Ana ya no vive. Y aunque cualquiera creería que es deplorable, Ana nunca sintió la tranquilidad que tiene ahora. Nada puede afectarla. Nada la daña porque no tiene pretensiones. Soltó sus ideas, sus miedos y sus deseos. Sus recuerdos, sus valores. Ya nada queda. Ana no es más que un envase vacío y, sin embargo, jamás se sintió tan llena.
viernes, 15 de enero de 2010
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Todos tenemos una Ana dentro nuestro, todos queremos aunque sea por un segundo desaparecer y no sentir angustia. Ana podra no vivir, pero siempre vivira dentro nuestro
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