domingo, 17 de enero de 2010

La caridad de Julieta

Sonaba el teléfono mientras Julieta les daba indicaciones a los chicos de la mudanza. Había cajas por todos lados. Julieta se detuvo un instante para contemplar el hogar que abandonaba. La falta de muebles y decoraciones revelaba el verdadero tamaño de los ambientes. Sólo un ventilador de pie blanco le hacía frente al vacío del living. Movía la cabeza de un lado al otro, como diciéndole a Julieta “Te podrás desprender de muchas cosas en esta mudanza, pero a mí no me regalás.”

Era verdad. Julieta estaba aprovechando el próximo paso con su novio Germán para desprenderse de varias cosas. Ropa, bolsos, floreros, frazadas, zapatillas, juegos de mesa. Todo iba para caridad. Cajas y bolsas desaparecían del departamento para ir al camión. Julieta se sentía orgullosa por su trabajo. En tan sólo 3 días había desvalijado su propia casa. Había separado lo que iba a donar de lo que quería conservar para su nuevo hogar. Su novio se lo había planteado. Julieta no lo había dudado. No lo quiso pensar fríamente. Lo único que quiso, de todo corazón, fue contactarse con una empresa de mudanzas.

Llena de felicidad, había trabajado sin parar. Se había sacado una semana de vacaciones para poder hacer el traslado

Con el departamento pelado, Julieta corrió a atender el teléfono. 3 pasos antes frenó en seco: “¿Para qué me apuro si ya desconecté el contestador?”.

Juli atendió con voz cansada.

“Hola gordo, ¿cómo estás? Ya me quedan poquitas cajas acá. Paso por la parroquia y voy para casa, vos vas a estar, ¿no? porque todavía no me diste la llave. Mirá si me quedo afuera con los chicos de la mudadora. ¿Qué? ¿Qué pasa? Si gordo, decime. Sí, obvio que te escucho. ¡Sí que te escucho! ¿Cómo? ¿Qué quiere decir eso? ¿Me estás diciendo- ¿Qué mes estás diciendo? Ger, estoy en ojotas, parada en el medio del living vacío, no estoy para jodas. ¿Cómo que no te tomo en serio? ¿No NOS tomo en serio? Germán, empaqueté mi vida en 3 días para vivir con vos, ¿te parece que no tomo en serio nuestra relación? ¿De qué hablás? ¿Seg-¿Segu-¿Seguridad? ¡Aaah! “Inseguro”. Ahora que yo no tengo dónde vivir el señor está “inseguro”. TIENE QUE SER UNA JODA. ¿Qué tiempo querés que te dé? ¿Espacio? ¿ESPACIO DE DÓNDE LO QUERÉS QUE SAQUE SI NO TENGO ADÓNDE IR? ¿Querés que espere en el camión de la mudanza hasta que te decidas a vivir conmigo? Porque no te olvides, Germán Palacios, que fuiste VOS el que me pidió a MI que me mudara. VOS querías un “futuro común”. A VOS no te alcanzaba. ¿Y? Sí, acepté. Aaah claro, como vos me pediste que vivamos juntos y yo no te dije que no, ahora yo soy la que te presiono. ¿Qué? ¿Que no te ha- ¿Que no te hable como tu mamá? Si hay algo que NO estoy haciendo es hablarte como tu mamá. Obvio que tengo razón. ¿Por qué tu ma- ¿Así que tu mamá te trata con respeto y yo no? Ah, una nueva. Pero por qué no madurarás un poco Germán. Mirá, en media hora estoy en tu casa y solucionamos esto mientras descargan las cosas. ¿Qué no vaya? Me estás tomando el pelo. No. No. No te dejo nada. No. A ver Germán, decime por una vez en la vida QUÉ es lo que querés. ¿Nunca más? ¿Y vos estás completamente seguro? Eeh… yo yo gordo, si, no. Bueno. Chau.”

Germán cortó. Julieta, en cambio, se quedó parada con el teléfono en la mano, sintiendo cómo le pegaba el viento en el costado derecho con cada revolución del ventilador.

En la puerta, uno de los mudadores esperaba inmóvil, sosteniendo la última caja. “Señorita Julieta”, Julieta giró lentamente. “Es la última”. “Sí, gracias”, respondió, con la mirada perdida. Los ojos, dos piedras de jade, y la boca entreabierta. “¿la llevo al camión?” “Sisi”. Silencio. Quietud. Y el ventilador.

Con la última caja en el camión, partieron hacia la parroquia. La parroquia albergaba a 50 chicos de 0 a 18 años. Julieta no era para nada practicante, pero no se le ocurrió otro lugar cercano para donar todo lo que ya no quería.

El camión estacionó frente al portón y la Hermana Ángela, encargada de la parroquia, salió al encuentro de Julieta, parada al lado del timbre. Con la mirada y la voz de quien ha perdido toda fe en la gente, Julieta explicó que era ella quien había llamado el día anterior para hacer una donación. La Hermana Ángela la recordó al instante y le agradeció de todo corazón por colaborar con la obra del Jesucristo nuestro Señor.

Julieta hizo una seña al camión y los empleados de la mudadora comenzaron a bajar cajas. “Las que dicen CARIDAD, ¿no Señorita Julieta?”, comprobó uno de ellos. “No, bájenlas todas”. Los trabajadores bajaron todas las cajas del camión. Y Julieta dijo “Bajen también los muebles”. Y los trabajadores bajaron los muebles. La Hermana Ángela no podía creer lo que veía, y se le llenaban los ojos de lágrimas con cada viaje que hacían los muchachos dentro y fuera de la parroquia.

Cuando terminaron, los mudadores se perdieron entre el tráfico de la ciudad.

La Hermana Ángela abrazó a Julieta y le agradeció nuevamente.

La monja se despidió, el portón se cerró y Julieta se quedó completamente sola. Y así, sin ropa, sin muebles, sin casa y sin novio, se sentó en el cordón de la vereda a romper en llanto, con toda su miseria.

1 comentario:

  1. ay!
    me da mucha lástima Julieta! ojalá Germán vuelva con el rabo entre las piernas..

    me pareció bien donar todo.. empezar de cero siempre es bueno!

    ResponderEliminar