miércoles, 27 de julio de 2011
lunes, 22 de noviembre de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
Ecología mediática: de las manchas de petróleo a las manchas de tinta.
Es extraño ver al mundo de la información frente al mundo de los hechos. Hasta podríamos decir que son mundos paralelos. ¿O mundo “para lelos”? Veamos.
La información recorre todos los canales y llega a nosotros para cultivarnos y estar al tanto de lo cotidiano. Nos informa, nos saca del termo y nos ayuda a pensar, a formar una opinión autónoma. Por supuesto que la información está y ha estado toda la vida sesgada por el emisor. Sin embargo, eso no parece ser algo tan grave. Creemos ser lo suficientemente pensantes como para poder separar la información de la opinión del informante y contrarrestar opiniones opuestas.
Tristemente, no es lo que sucede en temas ambientales.
Las “cuestiones ambientales” es uno de esos temas en los que no podemos comparar distintas opiniones simplemente porque nos falta acceso a opiniones para contrastar.
Teóricamente tendríamos, por un lado, “argumentos tremendistas” como aquellos esgrimidos en el informe titulado “Los límites de crecimiento”. Por el otro lado, artículos de autores como “Global Warming: Correcting the Data, de Patrick J. Michales, y otros autores pertenecientes, como él, al CATO institute. Estos artículos, refregándonos en la cara estadísticas, números y porcentajes, nos muestran algo tremendamente (!) opuesto a los llamados “argumentos tremendistas”. Siguiendo con la teoría, ahí entramos nosotros, los informados, y elaboramos nuestra propia opinión con respecto al tema ambiental en modo amplio, o con respecto a alguna manifestación específica del “tema ambiental” (capa de ozono, especies en extinción, etc.).
Volvamos a la realidad.
Cuando se trata de temas ambientales, este ejercicio de “Compare and contrast” simplemente no es posible para el “consumidor de información representativo”. Esto se debe a que una de las dos campanas simplemente no llega ni tan rápido, ni tan fácil, ni tan simple como la otra. Los argumentos del tipo “CATO institute” (perdón por tomarlos de punta, es sólo a efectos ejemplificativos) requieren una base de conocimientos de estadística, y a veces también química y biología. Son artículos que asumen cierto conocimiento por parte del lector y parten de esa base. No son fáciles de leer. No se comprenden del todo con la primera lectura. No siempre se encuentran traducciones al español, por lo que hay que tener un muy buen manejo del idioma inglés, o la fortuna de hacerse con una “buena” traducción.
Los argumentos tremendistas son, por ejemplo: “O muere el capitalismo o muere la Madre Tierra”[1], grito de batalla de Evo Morales en la víspera de la Conferencia de los Pueblos sobre Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra. La diferencia está clara. Naturaleza o la nada misma. Esa es la consigna. Ni conocimientos previos, ni manejo fluido de idiomas. Nada de ecuaciones, ni de estadísticas, ni de dilemas del prisionero. Lo único que hay que saber para absorber este tipo de información es hablar el idioma en que el emisor se pronuncia.
Este ejemplo muestra una realidad indiscutible: los argumentos tremendistas son mucho más fáciles de entender que los argumentos técnicos. Casualmente, (o para nada casualmente) los más difíciles de entender son siempre aquellos que relativizan el impacto humano en el ambiente, como causa de las problemáticas ambientales.
Por otra parte, la teoría de la elección pública ha mostrado que las personas tendemos a no informarnos sobre problemas cuya solución requiere la participación de mucha gente. Es el llamado “Problema de acción colectiva”. Un ejemplo son las elecciones en un país: dado que un voto, es insignificante considerado individualmente, ninguno de nosotros tenemos incentivos suficientes para incurrir en gastos para averiguar las propuestas de los partidos.
Si sumamos el problema de acción colectiva con los dos tipos de argumentos relativos a problemas ambientales (“tremendistas” y “técnicos”) veremos que en un mundo donde la inmediatez parece ser un valor per se y no sólo una característica, los argumentos tremendistas están destinados a triunfar sobre los argumentos técnicos. En el plano ambiental, esto quiere decir que, por más estudios, artículos, tesis doctorales y experimentos que se lleven a cabo, no se podrá cambiar el imaginario colectivo de la gente con respecto a estos problemas. Aunque Walter E. Williams jure y perjure que sólo el 5% del total de emisiones de dióxido de carbono provienen de la actividad humana. (nota “La fábula del recalentamiento global, 18 de abril de 2007), bastará una oración tremendista como la de Evo para que el calentamiento global siga siendo responsabilidad nuestra.
Otra razón interesante que explica el triunfo de los argumentos tremendistas sobre los argumentos más técnicos radica en lo que decimos a través de los argumentos tremendistas. Estos argumentos, en una de sus muchas variantes, dicen que el ser humano es responsable por el daño ambiental. El hombre. ¿Quién es ese hombre? ¿Quién es el responsable? ¿A quién tenemos que linchar? La primera reacción es: LAS EMPRESAS. Estos monstruos multinacionales que contaminan ríos y desertifican extensiones cultivables con el sólo fin de que unos diez señores de traje, con ballenitas y gemelos de oro se repartan dividendos en una reunión en New York.
Esta definición de “empresario” que está en el imaginario colectivo de la gente, no se relaciona con el “consumidor representativo de información ambiental”. Por ello, el hombre promedio puede tomar estos argumentos ambientales tranquilamente. Sabe que él no encaja en la imagen del “responsable”.
Sin embargo, con los argumentos tremendistas puede venir una vuelta de tuerca: las acciones cotidianas de todos nosotros también contribuyen a esta “agonía planetaria”. Ahí surge el reemplazo de la bici por el auto y llevar la ecobolsa reutilizable re canchera al supermercado. Acá nos metemos en un lío.
El lío consiste en que ahora, este hombre representativo es tan culpable como el director de la multinacional “Malvada S.A”. ¿Qué hacer? Aquí sale al rescate el “problema de acción colectiva” en una nueva versión: por más de que yo cambie mis hábitos por otros más “ecofriendly” (!), si los demás no hacen lo mismo, no sirve de nada. No sirve de nada porque la causa del problema no soy YO. Somos todos.
En el largo plazo, como este argumento lo repetimos todos los habitantes, el “todos” se convierte en “nadie”.
De este modo, el problema de acción colectiva nos arrea hasta convencernos de los argumentos tremendistas. Una vez que llegamos ahí, el mismo problema de acción colectiva justifica nuestra inacción. O sea que hace que nos horroricemos ante la “cuestión ambiental”, y al mismo tiempo que no movamos un dedo para modificarla.
Los argumentos tremendistas no sólo son infinitamente más fáciles de entender para el ciudadano común, sino que sirven para eliminar el sentimiento de culpa. Los responsables siempre son “las empresas”, “los gobiernos”, incluso “la gente”, pero nunca nosotros mismos, individualmente considerados. Estos argumentos son tan enormes, tan monstruosos, que no dejan lugar para plantear seriamente qué puede hacer un sólo individuo para mejorar la delicada situación ambiental. Es como pelear contra un gigante.
Las posibles conclusiones tampoco escapan el ridículo. La solución quizás sea modificar el sistema de comunicación. Volver a la transmisión de boca en boca y no a través de medios masivos. Quizás la solución sea la educación de las generaciones venideras. O quizás, por qué no, simplemente no haya solución posible, y estemos todos condenados a una camisa de fuerza y un canto incesante: “O muere el capitalismo, o muere la Madre Tierra”.
sábado, 24 de abril de 2010
todos los dias
Todos menos ella.
Obligarla a vivir en un mundo de odio. Un mundo sin educación, empatía ni buenos modales. Un mundo donde la mala cara sea la monueda fungible y la bronca, los tres colores del semáforo.
Así, luego de varios años del convivir incordioso, podrá cruzársela en una calle dominada por el resentimiento y la falta de calidez. Podría mirarla a esos ojos, tan débiles después de haber luchado contra tanto odio recibido. Podría acercarse con su expresión de furia, ya permanentemente grabada en su rostro. Y con un susurro tenebroso y macabro, sentenciarla.
CULPA TUYA.-
domingo, 7 de febrero de 2010
TREN AL MUNDO
Súbanse al andén, el tren no espera a los pasajeros que llegan tarde, sólo quiere llegar a destino. Los boletos cortados, regados en el piso esperan el arreo del señor de la limpieza.
El vapor de la locomotora llega hasta el techo y no se detiene, se escapa por el tragaluz.
Todos caminan ordenadamente sin empujarse, pidiéndose constantemente permiso, cediendo el paso los caballeros a las damas.
El tren, detenido es abordado por una marea constante que sólo quiere que el viaje comience. Están ansiosos. ¡Cómo no estarlo! No todos los días tienen la oportunidad de hacer un viaje al mundo.
Es esta una ocasión tan importante que hace que los pasajeros no recuerden cuáles eran sus valijas, se olviden de enviar sus cartas de hasta luego, no cambien los mensajes en su contestador y dejen las flores en los jarrones centrales de sus mesas del estar.
Así que salen, viven su gran aventura y regresan a una casa llena de mensajes enojados de familiares y amigos que pasaron días tratando de contactarlos en vano y pétalos muertos regados en la mesa de la cena.
Y así es que luego se pasan días quitando los enojos con disculpas y el olor de la casa con flores nuevas.
Es que es una aventura tan excitante. ¡Es un tren que va al mundo! No otras aburridas vacaciones en la playa, no otra ronda de limón y miel de caña, pero el mundo. Conocer el mundo del que tantos hablan y tan pocos han visto.
Vuelven sin ganas de hablar del viaje. Y es comprensible. ¿Quién está en condiciones de un acto discursivo después de haber visto el mundo? Y todos llegan tan exhaustos, que terminan pidiendo a sus vecinos que repartan los recuerdos que trajeron, porque sólo quieren echarse a dormir, es que no se duerme igual en casa que en el mundo. Las luces del mundo brillan a través de sus párpados, y entonces siempre es de día. ¡Y los sonidos! Quieren absorber todos los sonidos del mundo porque saben que la fortuna que tuvieron de poder viajar no se volverá a presentar.
Pero no extrañarán el mundo. Porque pueden adaptarse a todo y porque saben que es una aventura. Toda una aventura y no más que una aventura. Así que salen emocionados, pero no le quitan el lugar a nadie. Ni corren. Ni se empujan. Porque el viaje terminará y tendrán que volver a la vida que comparten con los demás que transitan por el andén.
jueves, 21 de enero de 2010
ORNELLA
Sabía Ella de Ornela sus sentimientos más ocultos, rumeaba en silencio un amor que la intoxicaba, que ahogaba sus órganos en el espeso humo de la incoherencia.
Ella estaba convencida de que la marca grabada con fuego de ese amor no se le borraría a Ornela por años y relaciones que pasaran. Ella estaba perdida. Ambas lo estaban. Una contienda eterna y mortal. Lloverían maldiciones y encuentros siniestros. Ella reflexionaba sin poder llegar a una conclusión reconfortante. Soñaba con saltar las barreras de la cordialidad y soltarse al desenfreno pasional que exigían sus instintos.
Perdería a Ornela para siempre. Al resto de sus amigas. Aunque tibias, no mantendrían su pasada relación. Sus vecinos se enterarían, los chusmerios se esparcirían y Ella sería odiada por la comunidad. ¡Ah! Si los demás supieran del infierno constante que Ornela le había causado durante la infancia.
Ella revolvía el té, con la mirada fija en la azucarera de porcelana peruana cuando sonó el teléfono. Ornela. Estaba en su casa. Estaba bien. Quería verla. Ella titubeó buscando una excusa, pero el llamado la había tomado por sorpresa y no se le ocurrió nada. Se resignó a pedir la hora y el lugar de la caprichosa reunión.
Vio a Ornela desde la otra esquina mientras esperaba el semáforo para cruzar. Estaba sentada en la mesa de la ventana, jugando con la carta del café. Ella se tomó un segundo para respirar muy hondo cuando llegó a la puerta.
Entró y fue inmediatamente interceptada por los gritos de Ornela:-¡Ellie! ¡Acá!- gritó, sin reparar en el poco ruido ambiental del bar. Ella nunca había entendido si Ornela hacía estos despliegues de volumen para llamar la atención o si simplemente era parte de su naturaleza. De cualquier modo, Ella no lo aprobaba.
Se sentó luego de saludar a Ornela.
Ornela se lanzó a escupir quejas y críticas hacia el taxista que la había llevado hasta ahí, el tráfico, las bajas temperaturas contemporáneas y, en especial, el jovencísimo mozo del bar: ese pibe que había osado preguntarle si esperaba a alguien o quería que le tomase el pedido:- O sea, ¿Cómo voy a venir acá sola? Te juro, pensé que me estaba jodiendo. Para merendar sola me quedo en casa y listo. No me tomo el trabajo de venir hasta acá. Digamos, Hello? ¿Me lo preguntás en serio? Como la empleada de casa, que hoy me dejó la ropa planchada en el escritorio de la pieza en vez de guardarla en el placard. La quería matar, encima llegué y ya se había ido y no le pude decir nada. Así que me vine para acá y- -Y decidiste agarrártela con el pobre pibe que trabaja de mozo- interrumpió Ella. Ornela se quedó atónita, mirando a Ella con cara de desconcierto.
Ella le hizo señas al mozo y, con una cordialidad extrema y dulce, le pidió si por favor le podía alcanzar un capuchino de vainilla y una medialuna. El mozo respondió:-Por supuesto señorita. ¿De grasa o de manteca?- - De manteca- dijo Ella y le largó una de esas sonrisas irresistibles que guardaba para ocasiones especiales. -¿Y la señorita?- preguntó el mozo, dirigiéndose a Ornela. –A mi me traes un café doble cortado con leche descremada y tres tostadas de pan integral con queso blanco y mermelada DIE-TÉ-TI-CA de durazno.- El tono militar de Ornela transformó la cara del mozo. Ornela calló, y el mozo se fue, sin entender qué hacía una chica tan dulce con otra tan cruel y con unas ganas locas de invitar a Ella a salir.
Ornela se dirigió a Ella con un gesto de superioridad fingido:- Te tengo que contar algooo. Aaaaalgoooo. Que no lo vas a poder CRE-ER. ¡Jajaja! No lo vas a creer, boluda. Te juro. Te vas a morir. MO-RIR. Suerte que estás sentada, porque si no te caías al pisoooo. Te jurooo. Es muy groso. Muy- -¿Vas a seguir con el prólogo mucho más o me vas a contar?-pidió encarecidamente Ella, pensando en las energías que gastaba Ornela con cada introducción.
Ornela no hizo caso a lo cortante de la interrupción de Ella y le preguntó:- ¿A que no sabés quién me llamó? Te doy una ayudita: no me saltó su número porque hace poquito lo borré de mis contactos- Ella no necesitaba esa ayudita, sabía de quién se trataba. –Ah, te llamó. ¿Y qué te dijo? – preguntó Ella, mientras trataba de cerrar la mandíbula de su yo interior. –Bueno, nada. Me dijo que quiere pasar por casa, para que hablemos-. Ella no sabía para dónde correr. ¿Cómo esconder lo que sentía frente a Ornela? Le molestaban tantas cositas de su amiga, tantas actitudes, pero Ornela había estado ahí cuando Ella la había necesitado. Le había hablado. La había escuchado. Había sido LA AMIGA. Se sobrepuso a la revolución interior y le dijo:- ¿Y vos qué pensás que te quiere decir?- - ¡Ay Ellie! ¿No es obvio? Quiere que volvamos nena. Ay, a veces no entiendo lo colgada que sos- - Si,… a veces ni yo me entiendo- dijo Ella, corriendo la carta para hacerle lugar al mozo, que venía con la bandeja cargada con la merienda.
-Bueno, después me contás- dijo Ella, y le agradeció al mozo. –Obvio que sí- respondió Ornela.
Treinta minutos después se estaban despidiendo en la esquina frente al bar. Era tarde y cada una tenía que seguir con su vida.
Ornela llamó a Ella tres días después para decirle, entre un millón de cosas irrelevantes que, efectivamente, su estado civil había cambiado y otra vez estaba de novia.
Ella decidió que todo su drama interno había sido una ilusión, algo irreal, un intento burlón de su subconsciente para ponerle un poco de adrenalina a su vida.
Las semanas pasaron y a Ella la invitó a salir un compañero de trabajo. Estaba en el área de Finanzas y, a diferencia de Ella, le apasionaba su trabajo. Ella no estaba segura al principio, pero las salidas se hicieron más y más frecuentes. Rodrigo Naviero la divertía. Era súper correcto, de esos que te acercan la silla a la mesa y te preguntan si te molesta antes de sacarse el saco. Rodrigo la llevó a los lugares más fascinantes y Ella se dejó entretener.
Era la víspera de la fiesta de cumpleaños de Ornela. Sonó el teléfono a media mañana, al lado de un despertador cansado de que lo golpeen en la cabeza. Rodrigo. Quería agradecerle por una encantadora velada (Sí, era súper correcto). Ella le devolvió el agradecimiento, y algo se encendió en ella. La sinapsis nunca fue tan involuntaria. –Hoy es la fiesta de cumpleaños de una muy amiga mía, Ornela se llama. ¿Querés ir conmigo?- Rodrigo no tuvo que consultar su horóscopo ni su agenda. Nada quería más que ver a Ella. De hecho, era lo único que quería.
La fiesta estaba llena de gente. Ella tardó unos segundos en ubicar a Ornela. Con un vestido más corto que el papado de Juan Pablo I, se reía dando alaridos en el centro de un grupo de hombres. Vio a Ella y, con un gesto dramático abrió los brazos y la boca y largo un “Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah” tan agudo que superó la sirena del disc jockey. Corriendo, se abalanzó sobre Ella:-¡Ellie! Viniste. ¡Qué bueno! Y que linda que estás. Me encanta ese vestido. Te lo tenés que poner más seguido. ¿y este chico? ¿Quién es?- -Orne, el es Rodrigo. Rodrigo, Ornela, como verás, el alma de la fiesta.- -Un placer Ornela, feliz cumple. Muy buena la fiesta.- - Ay graciaaaaas. ¡Qué AMO-OR!- -Les traigo algo para tomar de la barra. ¿Champagne? Enseguida vuelvo- Rodrigo Naviero desapareció entre la multitud.
-¿Y? ¿Qué onda este pibe? ¡Es IN-CRE-Í-BLE Ellie!- -Sí, la verdad que es muy bueno y muy dulce. Todo un caballero- -¡Ah, qué se yo! No sé si es un caballero, lo que te quiero decir es que está bárbaro boluda. Muy fuerte. ¡Para el crimen!
Ella se quedó pasmada. La caballerosidad y oratoria de Rodrigo se habían interpuesto entre los ojos de ella y el cuerpo de él. Ornela tenía razón. ¡Estaba para el crimen!
-Ahora al tuyo hay que presentarle al mío, se llevarían bárbaro. Y si no, los dejamos y buscamos a dos que ya sean amigos- dijo Ornela, y largó una carcajada eufórica.
Ella vio llegar a Rodrigo con tres copas entre las dos manos, y se rió al ver la cara de sorpresa que puso cuando escuchó el alarido de Ornela. Los tres brindaron y Ornela reaccionó eufórica:- voy a buscar a mi novio así brindamos los cuatro. Yeaaaaaaaaaaaah!- Ornela estaba al límite. Su euforia y alcoholismo eran una combinación fatal. Y todos en la fiesta lo sabían, con excepción de Rodrigo Naviero.
Rodrigo se dirigió a Ella. No le habló porque antes se cruzó con sus ojos. Lo miraban fijo, pero con una mirada media perdida. Como si fuera un extraño. La cabeza inclinada hacia la izquierda y una sonrisa incrédula. -¿Pasa algo Ellie?- -No, nada- respondió, sin cambiar el gesto. Se acercó a él y le dio un beso largo y cerrado. –Nada amor. Ella se había enamorado del chico de Finanzas.
Ella no dudó, ni siquiera pidió tiempo para pensarlo cuando Rodrigo le propuso casamiento, siete meses después. Él era todo lo que ella hubiera deseado. Arrodillado en el living de Ella, con un solitario de diamantes y los ojos llenos de lágrimas, vio Ella al hombre de su vida.
Para la fiesta de compromiso que Rodrigo insistió en celebrar, Ornela ya estaba otra vez soltera. Hecho que no impidió que asistiera acompañada a la boda de Ella. Se llamaba Sebastián, jugaba a rugby en CASI, trabajaba en la empresa de su papá, tenía un BMW negro y era lo que Ella definiera siempre como “el perfecto idiota de San Isidro”.
La ceremonia había sido corta, pero muy emotiva. Todo en la fiesta había sido perfecto, pero Ella no estaba para nada sorprendida. Rodrigo se había dedicado incesantemente a preparar el casamiento. Incluso había sacrificado una semana de las vacaciones que la compañía le adeudaba. Y ese esfuerzo había rendido sus frutos. Ella había tenido una noche perfecta.
Pero la perfección no terminó con la boda. Rodrigo se dedicó regularmente a que Ella viviera como una reina. Su reina. Todas las semanas le llevaba flores. Todos los sábados iban al teatro o al cine, y luego a cenar. La sorprendía con escapadas para los fines de semana largos y siempre le traía regalos cuando viajaba por negocios. Cuando a Ella la ascendieron, Rodrigo le armó una deliciosa fiesta sorpresa en el salon del club.
Ella también tuvo que empezar a ausentarse de la casa por trabajo. Sus nuevas responsabilidades le exigían traslados al exterior, lo que significaba hoteles lujosos donde cenaba sola y horas perdidas en salas de embarque exclusivas para ejecutivos. A Ella le fastidiaban esos viajes. Su esposo, en cambio, encontraba en ellos una nueva oportunidad para mostrarle a Ella todo su amor. Al principio, le rociaba el interior de la valija con pétalos de rosas, que Ella descubría cuando, ojerosa, buscaba su pijama al llegar al hotel. Después, Rodrigo comenzó a dejarle recados por teléfono en el lobby del hotel, que el conserje le daba a Ella cuando arribaba para hacer el check in. En esto no estaba solo. Marilú, la secretaria de Ella era quien le daba la información.
Un tiempo más tarde, se enganchó mandándole postales virtuales a la casilla de correo electrónico de Ella. Las más tiernas y las más graciosas.
“¿Cuántas más me va a mandar hasta que pase a otro gesto más ocurrente?”, pensó Ella mientras cerraba la computadora y volvía a la cama.
Rodrigo era perfecto. Perfecto. Era atento, romántico, dedicado, educado por demás, interesante, elocuente, cariñoso. Ella entendía que él la amaba y entendía que todo lo que Rodrigo hacía, lo hacía por y para ella. ¡Si tan sólo Ella pudiera entenderse a sí misma! Entender qué hacía en Barcelona, desnuda, acostada en la cama de su hotel al lado de un ex novio de su mejor amiga. Viéndolo dormir. Ni siquiera lloraba, mucho menos tenía un ataque de histeria. Sólo lo miraba. Trataba, pero de nada servía. No podía comprender qué había pasado desde que él la reconoció al mediodía saliendo del aeropuerto, ni lo que había sucedido el resto del día, cuando fueron a caminar por la Barcelonesa, cenaron en un bar y recorrieron La Rambla.
No comprendía por qué había dejado que la acompañase hasta su habitación. Mucho menos por qué lo había invitado a pasar. Todo parecía un denso delirio de opio. Años habían pasado. Ornela probablemente ni siquiera recordaría su apellido.
Ella rápidamente se puso la bata del hotel. Habían golpeado la puerta. Ella tenía que salir, y con una sonrisa educada, pedirle a la mucama que por favor regresara más tarde para hacer la habitación.
Pero Ella no puso ser educada. Ni siquiera pudo hablar. Sólo alcanzó a abrir la boca y quedarse inmóvil al ver que del otro lado había un Rodrigo Naviero exhausto, con una valija pequeña y un ramo de rosas barcelonesas compradas a la salida del aeropuerto.
Había pedido permiso a su jefe para volar hasta allá y sorprender a Ella. Y la sorpresa se la llevó él.
domingo, 17 de enero de 2010
La caridad de Julieta
Sonaba el teléfono mientras Julieta les daba indicaciones a los chicos de la mudanza. Había cajas por todos lados. Julieta se detuvo un instante para contemplar el hogar que abandonaba. La falta de muebles y decoraciones revelaba el verdadero tamaño de los ambientes. Sólo un ventilador de pie blanco le hacía frente al vacío del living. Movía la cabeza de un lado al otro, como diciéndole a Julieta “Te podrás desprender de muchas cosas en esta mudanza, pero a mí no me regalás.”
Era verdad. Julieta estaba aprovechando el próximo paso con su novio Germán para desprenderse de varias cosas. Ropa, bolsos, floreros, frazadas, zapatillas, juegos de mesa. Todo iba para caridad. Cajas y bolsas desaparecían del departamento para ir al camión. Julieta se sentía orgullosa por su trabajo. En tan sólo 3 días había desvalijado su propia casa. Había separado lo que iba a donar de lo que quería conservar para su nuevo hogar. Su novio se lo había planteado. Julieta no lo había dudado. No lo quiso pensar fríamente. Lo único que quiso, de todo corazón, fue contactarse con una empresa de mudanzas.
Llena de felicidad, había trabajado sin parar. Se había sacado una semana de vacaciones para poder hacer el traslado
Con el departamento pelado, Julieta corrió a atender el teléfono. 3 pasos antes frenó en seco: “¿Para qué me apuro si ya desconecté el contestador?”.
Juli atendió con voz cansada.
“Hola gordo, ¿cómo estás? Ya me quedan poquitas cajas acá. Paso por la parroquia y voy para casa, vos vas a estar, ¿no? porque todavía no me diste la llave. Mirá si me quedo afuera con los chicos de la mudadora. ¿Qué? ¿Qué pasa? Si gordo, decime. Sí, obvio que te escucho. ¡Sí que te escucho! ¿Cómo? ¿Qué quiere decir eso? ¿Me estás diciendo- ¿Qué mes estás diciendo? Ger, estoy en ojotas, parada en el medio del living vacío, no estoy para jodas. ¿Cómo que no te tomo en serio? ¿No NOS tomo en serio? Germán, empaqueté mi vida en 3 días para vivir con vos, ¿te parece que no tomo en serio nuestra relación? ¿De qué hablás? ¿Seg-¿Segu-¿Seguridad? ¡Aaah! “Inseguro”. Ahora que yo no tengo dónde vivir el señor está “inseguro”. TIENE QUE SER UNA JODA. ¿Qué tiempo querés que te dé? ¿Espacio? ¿ESPACIO DE DÓNDE LO QUERÉS QUE SAQUE SI NO TENGO ADÓNDE IR? ¿Querés que espere en el camión de la mudanza hasta que te decidas a vivir conmigo? Porque no te olvides, Germán Palacios, que fuiste VOS el que me pidió a MI que me mudara. VOS querías un “futuro común”. A VOS no te alcanzaba. ¿Y? Sí, acepté. Aaah claro, como vos me pediste que vivamos juntos y yo no te dije que no, ahora yo soy la que te presiono. ¿Qué? ¿Que no te ha- ¿Que no te hable como tu mamá? Si hay algo que NO estoy haciendo es hablarte como tu mamá. Obvio que tengo razón. ¿Por qué tu ma- ¿Así que tu mamá te trata con respeto y yo no? Ah, una nueva. Pero por qué no madurarás un poco Germán. Mirá, en media hora estoy en tu casa y solucionamos esto mientras descargan las cosas. ¿Qué no vaya? Me estás tomando el pelo. No. No. No te dejo nada. No. A ver Germán, decime por una vez en la vida QUÉ es lo que querés. ¿Nunca más? ¿Y vos estás completamente seguro? Eeh… yo yo gordo, si, no. Bueno. Chau.”
Germán cortó. Julieta, en cambio, se quedó parada con el teléfono en la mano, sintiendo cómo le pegaba el viento en el costado derecho con cada revolución del ventilador.
En la puerta, uno de los mudadores esperaba inmóvil, sosteniendo la última caja. “Señorita Julieta”, Julieta giró lentamente. “Es la última”. “Sí, gracias”, respondió, con la mirada perdida. Los ojos, dos piedras de jade, y la boca entreabierta. “¿la llevo al camión?” “Sisi”. Silencio. Quietud. Y el ventilador.
Con la última caja en el camión, partieron hacia la parroquia. La parroquia albergaba a 50 chicos de 0 a 18 años. Julieta no era para nada practicante, pero no se le ocurrió otro lugar cercano para donar todo lo que ya no quería.
El camión estacionó frente al portón y la Hermana Ángela, encargada de la parroquia, salió al encuentro de Julieta, parada al lado del timbre. Con la mirada y la voz de quien ha perdido toda fe en la gente, Julieta explicó que era ella quien había llamado el día anterior para hacer una donación. La Hermana Ángela la recordó al instante y le agradeció de todo corazón por colaborar con la obra del Jesucristo nuestro Señor.
Julieta hizo una seña al camión y los empleados de la mudadora comenzaron a bajar cajas. “Las que dicen CARIDAD, ¿no Señorita Julieta?”, comprobó uno de ellos. “No, bájenlas todas”. Los trabajadores bajaron todas las cajas del camión. Y Julieta dijo “Bajen también los muebles”. Y los trabajadores bajaron los muebles. La Hermana Ángela no podía creer lo que veía, y se le llenaban los ojos de lágrimas con cada viaje que hacían los muchachos dentro y fuera de la parroquia.
Cuando terminaron, los mudadores se perdieron entre el tráfico de la ciudad.
La Hermana Ángela abrazó a Julieta y le agradeció nuevamente.
La monja se despidió, el portón se cerró y Julieta se quedó completamente sola. Y así, sin ropa, sin muebles, sin casa y sin novio, se sentó en el cordón de la vereda a romper en llanto, con toda su miseria.
