jueves, 20 de mayo de 2010

Ecología mediática: de las manchas de petróleo a las manchas de tinta.

Es extraño ver al mundo de la información frente al mundo de los hechos. Hasta podríamos decir que son mundos paralelos. ¿O mundo “para lelos”? Veamos.

La información recorre todos los canales y llega a nosotros para cultivarnos y estar al tanto de lo cotidiano. Nos informa, nos saca del termo y nos ayuda a pensar, a formar una opinión autónoma. Por supuesto que la información está y ha estado toda la vida sesgada por el emisor. Sin embargo, eso no parece ser algo tan grave. Creemos ser lo suficientemente pensantes como para poder separar la información de la opinión del informante y contrarrestar opiniones opuestas.

Tristemente, no es lo que sucede en temas ambientales.

Las “cuestiones ambientales” es uno de esos temas en los que no podemos comparar distintas opiniones simplemente porque nos falta acceso a opiniones para contrastar.

Teóricamente tendríamos, por un lado, “argumentos tremendistas” como aquellos esgrimidos en el informe titulado “Los límites de crecimiento”. Por el otro lado, artículos de autores como “Global Warming: Correcting the Data, de Patrick J. Michales, y otros autores pertenecientes, como él, al CATO institute. Estos artículos, refregándonos en la cara estadísticas, números y porcentajes, nos muestran algo tremendamente (!) opuesto a los llamados “argumentos tremendistas”. Siguiendo con la teoría, ahí entramos nosotros, los informados, y elaboramos nuestra propia opinión con respecto al tema ambiental en modo amplio, o con respecto a alguna manifestación específica del “tema ambiental” (capa de ozono, especies en extinción, etc.).

Volvamos a la realidad.

Cuando se trata de temas ambientales, este ejercicio de “Compare and contrast” simplemente no es posible para el “consumidor de información representativo”. Esto se debe a que una de las dos campanas simplemente no llega ni tan rápido, ni tan fácil, ni tan simple como la otra. Los argumentos del tipo “CATO institute” (perdón por tomarlos de punta, es sólo a efectos ejemplificativos) requieren una base de conocimientos de estadística, y a veces también química y biología. Son artículos que asumen cierto conocimiento por parte del lector y parten de esa base. No son fáciles de leer. No se comprenden del todo con la primera lectura. No siempre se encuentran traducciones al español, por lo que hay que tener un muy buen manejo del idioma inglés, o la fortuna de hacerse con una “buena” traducción.

Los argumentos tremendistas son, por ejemplo: “O muere el capitalismo o muere la Madre Tierra”[1], grito de batalla de Evo Morales en la víspera de la Conferencia de los Pueblos sobre Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra. La diferencia está clara. Naturaleza o la nada misma. Esa es la consigna. Ni conocimientos previos, ni manejo fluido de idiomas. Nada de ecuaciones, ni de estadísticas, ni de dilemas del prisionero. Lo único que hay que saber para absorber este tipo de información es hablar el idioma en que el emisor se pronuncia.

Este ejemplo muestra una realidad indiscutible: los argumentos tremendistas son mucho más fáciles de entender que los argumentos técnicos. Casualmente, (o para nada casualmente) los más difíciles de entender son siempre aquellos que relativizan el impacto humano en el ambiente, como causa de las problemáticas ambientales.

Por otra parte, la teoría de la elección pública ha mostrado que las personas tendemos a no informarnos sobre problemas cuya solución requiere la participación de mucha gente. Es el llamado “Problema de acción colectiva”. Un ejemplo son las elecciones en un país: dado que un voto, es insignificante considerado individualmente, ninguno de nosotros tenemos incentivos suficientes para incurrir en gastos para averiguar las propuestas de los partidos.

Si sumamos el problema de acción colectiva con los dos tipos de argumentos relativos a problemas ambientales (“tremendistas” y “técnicos”) veremos que en un mundo donde la inmediatez parece ser un valor per se y no sólo una característica, los argumentos tremendistas están destinados a triunfar sobre los argumentos técnicos. En el plano ambiental, esto quiere decir que, por más estudios, artículos, tesis doctorales y experimentos que se lleven a cabo, no se podrá cambiar el imaginario colectivo de la gente con respecto a estos problemas. Aunque Walter E. Williams jure y perjure que sólo el 5% del total de emisiones de dióxido de carbono provienen de la actividad humana. (nota “La fábula del recalentamiento global, 18 de abril de 2007), bastará una oración tremendista como la de Evo para que el calentamiento global siga siendo responsabilidad nuestra.

Otra razón interesante que explica el triunfo de los argumentos tremendistas sobre los argumentos más técnicos radica en lo que decimos a través de los argumentos tremendistas. Estos argumentos, en una de sus muchas variantes, dicen que el ser humano es responsable por el daño ambiental. El hombre. ¿Quién es ese hombre? ¿Quién es el responsable? ¿A quién tenemos que linchar? La primera reacción es: LAS EMPRESAS. Estos monstruos multinacionales que contaminan ríos y desertifican extensiones cultivables con el sólo fin de que unos diez señores de traje, con ballenitas y gemelos de oro se repartan dividendos en una reunión en New York.

Esta definición de “empresario” que está en el imaginario colectivo de la gente, no se relaciona con el “consumidor representativo de información ambiental”. Por ello, el hombre promedio puede tomar estos argumentos ambientales tranquilamente. Sabe que él no encaja en la imagen del “responsable”.

Sin embargo, con los argumentos tremendistas puede venir una vuelta de tuerca: las acciones cotidianas de todos nosotros también contribuyen a esta “agonía planetaria”. Ahí surge el reemplazo de la bici por el auto y llevar la ecobolsa reutilizable re canchera al supermercado. Acá nos metemos en un lío.

El lío consiste en que ahora, este hombre representativo es tan culpable como el director de la multinacional “Malvada S.A”. ¿Qué hacer? Aquí sale al rescate el “problema de acción colectiva” en una nueva versión: por más de que yo cambie mis hábitos por otros más “ecofriendly” (!), si los demás no hacen lo mismo, no sirve de nada. No sirve de nada porque la causa del problema no soy YO. Somos todos.

En el largo plazo, como este argumento lo repetimos todos los habitantes, el “todos” se convierte en “nadie”.

De este modo, el problema de acción colectiva nos arrea hasta convencernos de los argumentos tremendistas. Una vez que llegamos ahí, el mismo problema de acción colectiva justifica nuestra inacción. O sea que hace que nos horroricemos ante la “cuestión ambiental”, y al mismo tiempo que no movamos un dedo para modificarla.

Los argumentos tremendistas no sólo son infinitamente más fáciles de entender para el ciudadano común, sino que sirven para eliminar el sentimiento de culpa. Los responsables siempre son “las empresas”, “los gobiernos”, incluso “la gente”, pero nunca nosotros mismos, individualmente considerados. Estos argumentos son tan enormes, tan monstruosos, que no dejan lugar para plantear seriamente qué puede hacer un sólo individuo para mejorar la delicada situación ambiental. Es como pelear contra un gigante.

Las posibles conclusiones tampoco escapan el ridículo. La solución quizás sea modificar el sistema de comunicación. Volver a la transmisión de boca en boca y no a través de medios masivos. Quizás la solución sea la educación de las generaciones venideras. O quizás, por qué no, simplemente no haya solución posible, y estemos todos condenados a una camisa de fuerza y un canto incesante: “O muere el capitalismo, o muere la Madre Tierra”.



[1] Publicado en Página/12, lunes 19 de abril de 2010.

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