jueves, 21 de enero de 2010

ORNELLA

Sabía Ella de Ornela sus sentimientos más ocultos, rumeaba en silencio un amor que la intoxicaba, que ahogaba sus órganos en el espeso humo de la incoherencia.

Ella estaba convencida de que la marca grabada con fuego de ese amor no se le borraría a Ornela por años y relaciones que pasaran. Ella estaba perdida. Ambas lo estaban. Una contienda eterna y mortal. Lloverían maldiciones y encuentros siniestros. Ella reflexionaba sin poder llegar a una conclusión reconfortante. Soñaba con saltar las barreras de la cordialidad y soltarse al desenfreno pasional que exigían sus instintos.

Perdería a Ornela para siempre. Al resto de sus amigas. Aunque tibias, no mantendrían su pasada relación. Sus vecinos se enterarían, los chusmerios se esparcirían y Ella sería odiada por la comunidad. ¡Ah! Si los demás supieran del infierno constante que Ornela le había causado durante la infancia.

Ella revolvía el té, con la mirada fija en la azucarera de porcelana peruana cuando sonó el teléfono. Ornela. Estaba en su casa. Estaba bien. Quería verla. Ella titubeó buscando una excusa, pero el llamado la había tomado por sorpresa y no se le ocurrió nada. Se resignó a pedir la hora y el lugar de la caprichosa reunión.

Vio a Ornela desde la otra esquina mientras esperaba el semáforo para cruzar. Estaba sentada en la mesa de la ventana, jugando con la carta del café. Ella se tomó un segundo para respirar muy hondo cuando llegó a la puerta.

Entró y fue inmediatamente interceptada por los gritos de Ornela:-¡Ellie! ¡Acá!- gritó, sin reparar en el poco ruido ambiental del bar. Ella nunca había entendido si Ornela hacía estos despliegues de volumen para llamar la atención o si simplemente era parte de su naturaleza. De cualquier modo, Ella no lo aprobaba.

Se sentó luego de saludar a Ornela.

Ornela se lanzó a escupir quejas y críticas hacia el taxista que la había llevado hasta ahí, el tráfico, las bajas temperaturas contemporáneas y, en especial, el jovencísimo mozo del bar: ese pibe que había osado preguntarle si esperaba a alguien o quería que le tomase el pedido:- O sea, ¿Cómo voy a venir acá sola? Te juro, pensé que me estaba jodiendo. Para merendar sola me quedo en casa y listo. No me tomo el trabajo de venir hasta acá. Digamos, Hello? ¿Me lo preguntás en serio? Como la empleada de casa, que hoy me dejó la ropa planchada en el escritorio de la pieza en vez de guardarla en el placard. La quería matar, encima llegué y ya se había ido y no le pude decir nada. Así que me vine para acá y- -Y decidiste agarrártela con el pobre pibe que trabaja de mozo- interrumpió Ella. Ornela se quedó atónita, mirando a Ella con cara de desconcierto.

Ella le hizo señas al mozo y, con una cordialidad extrema y dulce, le pidió si por favor le podía alcanzar un capuchino de vainilla y una medialuna. El mozo respondió:-Por supuesto señorita. ¿De grasa o de manteca?- - De manteca- dijo Ella y le largó una de esas sonrisas irresistibles que guardaba para ocasiones especiales. -¿Y la señorita?- preguntó el mozo, dirigiéndose a Ornela. –A mi me traes un café doble cortado con leche descremada y tres tostadas de pan integral con queso blanco y mermelada DIE-TÉ-TI-CA de durazno.- El tono militar de Ornela transformó la cara del mozo. Ornela calló, y el mozo se fue, sin entender qué hacía una chica tan dulce con otra tan cruel y con unas ganas locas de invitar a Ella a salir.

Ornela se dirigió a Ella con un gesto de superioridad fingido:- Te tengo que contar algooo. Aaaaalgoooo. Que no lo vas a poder CRE-ER. ¡Jajaja! No lo vas a creer, boluda. Te juro. Te vas a morir. MO-RIR. Suerte que estás sentada, porque si no te caías al pisoooo. Te jurooo. Es muy groso. Muy- -¿Vas a seguir con el prólogo mucho más o me vas a contar?-pidió encarecidamente Ella, pensando en las energías que gastaba Ornela con cada introducción.

Ornela no hizo caso a lo cortante de la interrupción de Ella y le preguntó:- ¿A que no sabés quién me llamó? Te doy una ayudita: no me saltó su número porque hace poquito lo borré de mis contactos- Ella no necesitaba esa ayudita, sabía de quién se trataba. –Ah, te llamó. ¿Y qué te dijo? – preguntó Ella, mientras trataba de cerrar la mandíbula de su yo interior. –Bueno, nada. Me dijo que quiere pasar por casa, para que hablemos-. Ella no sabía para dónde correr. ¿Cómo esconder lo que sentía frente a Ornela? Le molestaban tantas cositas de su amiga, tantas actitudes, pero Ornela había estado ahí cuando Ella la había necesitado. Le había hablado. La había escuchado. Había sido LA AMIGA. Se sobrepuso a la revolución interior y le dijo:- ¿Y vos qué pensás que te quiere decir?- - ¡Ay Ellie! ¿No es obvio? Quiere que volvamos nena. Ay, a veces no entiendo lo colgada que sos- - Si,… a veces ni yo me entiendo- dijo Ella, corriendo la carta para hacerle lugar al mozo, que venía con la bandeja cargada con la merienda.

-Bueno, después me contás- dijo Ella, y le agradeció al mozo. –Obvio que sí- respondió Ornela.

Treinta minutos después se estaban despidiendo en la esquina frente al bar. Era tarde y cada una tenía que seguir con su vida.

Ornela llamó a Ella tres días después para decirle, entre un millón de cosas irrelevantes que, efectivamente, su estado civil había cambiado y otra vez estaba de novia.

Ella decidió que todo su drama interno había sido una ilusión, algo irreal, un intento burlón de su subconsciente para ponerle un poco de adrenalina a su vida.

Las semanas pasaron y a Ella la invitó a salir un compañero de trabajo. Estaba en el área de Finanzas y, a diferencia de Ella, le apasionaba su trabajo. Ella no estaba segura al principio, pero las salidas se hicieron más y más frecuentes. Rodrigo Naviero la divertía. Era súper correcto, de esos que te acercan la silla a la mesa y te preguntan si te molesta antes de sacarse el saco. Rodrigo la llevó a los lugares más fascinantes y Ella se dejó entretener.

Era la víspera de la fiesta de cumpleaños de Ornela. Sonó el teléfono a media mañana, al lado de un despertador cansado de que lo golpeen en la cabeza. Rodrigo. Quería agradecerle por una encantadora velada (Sí, era súper correcto). Ella le devolvió el agradecimiento, y algo se encendió en ella. La sinapsis nunca fue tan involuntaria. –Hoy es la fiesta de cumpleaños de una muy amiga mía, Ornela se llama. ¿Querés ir conmigo?- Rodrigo no tuvo que consultar su horóscopo ni su agenda. Nada quería más que ver a Ella. De hecho, era lo único que quería.

La fiesta estaba llena de gente. Ella tardó unos segundos en ubicar a Ornela. Con un vestido más corto que el papado de Juan Pablo I, se reía dando alaridos en el centro de un grupo de hombres. Vio a Ella y, con un gesto dramático abrió los brazos y la boca y largo un “Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah” tan agudo que superó la sirena del disc jockey. Corriendo, se abalanzó sobre Ella:-¡Ellie! Viniste. ¡Qué bueno! Y que linda que estás. Me encanta ese vestido. Te lo tenés que poner más seguido. ¿y este chico? ¿Quién es?- -Orne, el es Rodrigo. Rodrigo, Ornela, como verás, el alma de la fiesta.- -Un placer Ornela, feliz cumple. Muy buena la fiesta.- - Ay graciaaaaas. ¡Qué AMO-OR!- -Les traigo algo para tomar de la barra. ¿Champagne? Enseguida vuelvo- Rodrigo Naviero desapareció entre la multitud.

-¿Y? ¿Qué onda este pibe? ¡Es IN-CRE-Í-BLE Ellie!- -Sí, la verdad que es muy bueno y muy dulce. Todo un caballero- -¡Ah, qué se yo! No sé si es un caballero, lo que te quiero decir es que está bárbaro boluda. Muy fuerte. ¡Para el crimen!

Ella se quedó pasmada. La caballerosidad y oratoria de Rodrigo se habían interpuesto entre los ojos de ella y el cuerpo de él. Ornela tenía razón. ¡Estaba para el crimen!

-Ahora al tuyo hay que presentarle al mío, se llevarían bárbaro. Y si no, los dejamos y buscamos a dos que ya sean amigos- dijo Ornela, y largó una carcajada eufórica.

Ella vio llegar a Rodrigo con tres copas entre las dos manos, y se rió al ver la cara de sorpresa que puso cuando escuchó el alarido de Ornela. Los tres brindaron y Ornela reaccionó eufórica:- voy a buscar a mi novio así brindamos los cuatro. Yeaaaaaaaaaaaah!- Ornela estaba al límite. Su euforia y alcoholismo eran una combinación fatal. Y todos en la fiesta lo sabían, con excepción de Rodrigo Naviero.

Rodrigo se dirigió a Ella. No le habló porque antes se cruzó con sus ojos. Lo miraban fijo, pero con una mirada media perdida. Como si fuera un extraño. La cabeza inclinada hacia la izquierda y una sonrisa incrédula. -¿Pasa algo Ellie?- -No, nada- respondió, sin cambiar el gesto. Se acercó a él y le dio un beso largo y cerrado. –Nada amor. Ella se había enamorado del chico de Finanzas.

Ella no dudó, ni siquiera pidió tiempo para pensarlo cuando Rodrigo le propuso casamiento, siete meses después. Él era todo lo que ella hubiera deseado. Arrodillado en el living de Ella, con un solitario de diamantes y los ojos llenos de lágrimas, vio Ella al hombre de su vida.

Para la fiesta de compromiso que Rodrigo insistió en celebrar, Ornela ya estaba otra vez soltera. Hecho que no impidió que asistiera acompañada a la boda de Ella. Se llamaba Sebastián, jugaba a rugby en CASI, trabajaba en la empresa de su papá, tenía un BMW negro y era lo que Ella definiera siempre como “el perfecto idiota de San Isidro”.

La ceremonia había sido corta, pero muy emotiva. Todo en la fiesta había sido perfecto, pero Ella no estaba para nada sorprendida. Rodrigo se había dedicado incesantemente a preparar el casamiento. Incluso había sacrificado una semana de las vacaciones que la compañía le adeudaba. Y ese esfuerzo había rendido sus frutos. Ella había tenido una noche perfecta.

Pero la perfección no terminó con la boda. Rodrigo se dedicó regularmente a que Ella viviera como una reina. Su reina. Todas las semanas le llevaba flores. Todos los sábados iban al teatro o al cine, y luego a cenar. La sorprendía con escapadas para los fines de semana largos y siempre le traía regalos cuando viajaba por negocios. Cuando a Ella la ascendieron, Rodrigo le armó una deliciosa fiesta sorpresa en el salon del club.

Ella también tuvo que empezar a ausentarse de la casa por trabajo. Sus nuevas responsabilidades le exigían traslados al exterior, lo que significaba hoteles lujosos donde cenaba sola y horas perdidas en salas de embarque exclusivas para ejecutivos. A Ella le fastidiaban esos viajes. Su esposo, en cambio, encontraba en ellos una nueva oportunidad para mostrarle a Ella todo su amor. Al principio, le rociaba el interior de la valija con pétalos de rosas, que Ella descubría cuando, ojerosa, buscaba su pijama al llegar al hotel. Después, Rodrigo comenzó a dejarle recados por teléfono en el lobby del hotel, que el conserje le daba a Ella cuando arribaba para hacer el check in. En esto no estaba solo. Marilú, la secretaria de Ella era quien le daba la información.

Un tiempo más tarde, se enganchó mandándole postales virtuales a la casilla de correo electrónico de Ella. Las más tiernas y las más graciosas.

“¿Cuántas más me va a mandar hasta que pase a otro gesto más ocurrente?”, pensó Ella mientras cerraba la computadora y volvía a la cama.

Rodrigo era perfecto. Perfecto. Era atento, romántico, dedicado, educado por demás, interesante, elocuente, cariñoso. Ella entendía que él la amaba y entendía que todo lo que Rodrigo hacía, lo hacía por y para ella. ¡Si tan sólo Ella pudiera entenderse a sí misma! Entender qué hacía en Barcelona, desnuda, acostada en la cama de su hotel al lado de un ex novio de su mejor amiga. Viéndolo dormir. Ni siquiera lloraba, mucho menos tenía un ataque de histeria. Sólo lo miraba. Trataba, pero de nada servía. No podía comprender qué había pasado desde que él la reconoció al mediodía saliendo del aeropuerto, ni lo que había sucedido el resto del día, cuando fueron a caminar por la Barcelonesa, cenaron en un bar y recorrieron La Rambla.

No comprendía por qué había dejado que la acompañase hasta su habitación. Mucho menos por qué lo había invitado a pasar. Todo parecía un denso delirio de opio. Años habían pasado. Ornela probablemente ni siquiera recordaría su apellido.

Ella rápidamente se puso la bata del hotel. Habían golpeado la puerta. Ella tenía que salir, y con una sonrisa educada, pedirle a la mucama que por favor regresara más tarde para hacer la habitación.

Pero Ella no puso ser educada. Ni siquiera pudo hablar. Sólo alcanzó a abrir la boca y quedarse inmóvil al ver que del otro lado había un Rodrigo Naviero exhausto, con una valija pequeña y un ramo de rosas barcelonesas compradas a la salida del aeropuerto.

Había pedido permiso a su jefe para volar hasta allá y sorprender a Ella. Y la sorpresa se la llevó él.

domingo, 17 de enero de 2010

La caridad de Julieta

Sonaba el teléfono mientras Julieta les daba indicaciones a los chicos de la mudanza. Había cajas por todos lados. Julieta se detuvo un instante para contemplar el hogar que abandonaba. La falta de muebles y decoraciones revelaba el verdadero tamaño de los ambientes. Sólo un ventilador de pie blanco le hacía frente al vacío del living. Movía la cabeza de un lado al otro, como diciéndole a Julieta “Te podrás desprender de muchas cosas en esta mudanza, pero a mí no me regalás.”

Era verdad. Julieta estaba aprovechando el próximo paso con su novio Germán para desprenderse de varias cosas. Ropa, bolsos, floreros, frazadas, zapatillas, juegos de mesa. Todo iba para caridad. Cajas y bolsas desaparecían del departamento para ir al camión. Julieta se sentía orgullosa por su trabajo. En tan sólo 3 días había desvalijado su propia casa. Había separado lo que iba a donar de lo que quería conservar para su nuevo hogar. Su novio se lo había planteado. Julieta no lo había dudado. No lo quiso pensar fríamente. Lo único que quiso, de todo corazón, fue contactarse con una empresa de mudanzas.

Llena de felicidad, había trabajado sin parar. Se había sacado una semana de vacaciones para poder hacer el traslado

Con el departamento pelado, Julieta corrió a atender el teléfono. 3 pasos antes frenó en seco: “¿Para qué me apuro si ya desconecté el contestador?”.

Juli atendió con voz cansada.

“Hola gordo, ¿cómo estás? Ya me quedan poquitas cajas acá. Paso por la parroquia y voy para casa, vos vas a estar, ¿no? porque todavía no me diste la llave. Mirá si me quedo afuera con los chicos de la mudadora. ¿Qué? ¿Qué pasa? Si gordo, decime. Sí, obvio que te escucho. ¡Sí que te escucho! ¿Cómo? ¿Qué quiere decir eso? ¿Me estás diciendo- ¿Qué mes estás diciendo? Ger, estoy en ojotas, parada en el medio del living vacío, no estoy para jodas. ¿Cómo que no te tomo en serio? ¿No NOS tomo en serio? Germán, empaqueté mi vida en 3 días para vivir con vos, ¿te parece que no tomo en serio nuestra relación? ¿De qué hablás? ¿Seg-¿Segu-¿Seguridad? ¡Aaah! “Inseguro”. Ahora que yo no tengo dónde vivir el señor está “inseguro”. TIENE QUE SER UNA JODA. ¿Qué tiempo querés que te dé? ¿Espacio? ¿ESPACIO DE DÓNDE LO QUERÉS QUE SAQUE SI NO TENGO ADÓNDE IR? ¿Querés que espere en el camión de la mudanza hasta que te decidas a vivir conmigo? Porque no te olvides, Germán Palacios, que fuiste VOS el que me pidió a MI que me mudara. VOS querías un “futuro común”. A VOS no te alcanzaba. ¿Y? Sí, acepté. Aaah claro, como vos me pediste que vivamos juntos y yo no te dije que no, ahora yo soy la que te presiono. ¿Qué? ¿Que no te ha- ¿Que no te hable como tu mamá? Si hay algo que NO estoy haciendo es hablarte como tu mamá. Obvio que tengo razón. ¿Por qué tu ma- ¿Así que tu mamá te trata con respeto y yo no? Ah, una nueva. Pero por qué no madurarás un poco Germán. Mirá, en media hora estoy en tu casa y solucionamos esto mientras descargan las cosas. ¿Qué no vaya? Me estás tomando el pelo. No. No. No te dejo nada. No. A ver Germán, decime por una vez en la vida QUÉ es lo que querés. ¿Nunca más? ¿Y vos estás completamente seguro? Eeh… yo yo gordo, si, no. Bueno. Chau.”

Germán cortó. Julieta, en cambio, se quedó parada con el teléfono en la mano, sintiendo cómo le pegaba el viento en el costado derecho con cada revolución del ventilador.

En la puerta, uno de los mudadores esperaba inmóvil, sosteniendo la última caja. “Señorita Julieta”, Julieta giró lentamente. “Es la última”. “Sí, gracias”, respondió, con la mirada perdida. Los ojos, dos piedras de jade, y la boca entreabierta. “¿la llevo al camión?” “Sisi”. Silencio. Quietud. Y el ventilador.

Con la última caja en el camión, partieron hacia la parroquia. La parroquia albergaba a 50 chicos de 0 a 18 años. Julieta no era para nada practicante, pero no se le ocurrió otro lugar cercano para donar todo lo que ya no quería.

El camión estacionó frente al portón y la Hermana Ángela, encargada de la parroquia, salió al encuentro de Julieta, parada al lado del timbre. Con la mirada y la voz de quien ha perdido toda fe en la gente, Julieta explicó que era ella quien había llamado el día anterior para hacer una donación. La Hermana Ángela la recordó al instante y le agradeció de todo corazón por colaborar con la obra del Jesucristo nuestro Señor.

Julieta hizo una seña al camión y los empleados de la mudadora comenzaron a bajar cajas. “Las que dicen CARIDAD, ¿no Señorita Julieta?”, comprobó uno de ellos. “No, bájenlas todas”. Los trabajadores bajaron todas las cajas del camión. Y Julieta dijo “Bajen también los muebles”. Y los trabajadores bajaron los muebles. La Hermana Ángela no podía creer lo que veía, y se le llenaban los ojos de lágrimas con cada viaje que hacían los muchachos dentro y fuera de la parroquia.

Cuando terminaron, los mudadores se perdieron entre el tráfico de la ciudad.

La Hermana Ángela abrazó a Julieta y le agradeció nuevamente.

La monja se despidió, el portón se cerró y Julieta se quedó completamente sola. Y así, sin ropa, sin muebles, sin casa y sin novio, se sentó en el cordón de la vereda a romper en llanto, con toda su miseria.

sábado, 16 de enero de 2010

El paso vacío

Sara ama la sopa y odia la oscuridad. Cree en el amor y cambia monedas por caramelos. Piensa que todo cambia y no tolera quedarse quieta. Nómade, sale a correr todas las noches tratando de tropezarse con alguien a quien amar. Busca a un corredor atlético que vaya por los Bosques de Palermo descuidado. Un distraído a quien engañar. A quien hacerle creer que ella también va distraída, concentrada en su música, sin prestar atención a los demás. Pero no. Esa no era ella. Sara era calculadora, no fría ni mala persona-aunque quién soy yo para calificarla de buena o mala persona. No quería engañar a un muchacho sólo porque podía. Creo que antes pecaba por ingenua. Ahora no. Ya era otra. Había cambiado, había decidido tomar el toro por las astas. Su amor no había llegado en tres décadas y no iba a esperar más. No se había dado por vencida, sino que había cambiado su enfoque del amor. Ya había aguardado lo suficiente y si su amor no se había dignado a llegar, ella iba a encontrarlo.

Así que corría. Por los bosques urbanos, un parque cercado por un tráfico constante, una excusa de naturaleza, un espejismo, un oasis en medio de un desierto de cemento.

Tenía todo calculado. El choque, la caída, la torcedura de tobillo, la mirada ingenua y la sonrisa cómplice. La renguera, tan falsa como el sueño de la humanidad. Sara pondría todas sus armas seductoras para conseguir lo que quería. Una pregunta, una pregunta particular. “-¿Me das tu mail?”-. No se haría rogar, sus treinta años no se lo permitían. Además, estaba convencida de que su reloj biológico adelantaba. Una dirección dual, para escribir y para chatear. “-¿Y tu teléfono?- -Empecemos por el mail y vemos qué onda”. “qué onda”. ¿QUÉ ONDA? ¡Por Dios Sara! Treinta años, una carrera de grado, maestría, alumnos y vas a contestar un “qué onda”. Todo un plan elaborado y deja una chiquilinada de tremendo calibre.

El chat iba a ser distendido, tranquilo y no muy revelador. Iba a plantar el misterio para conseguir una salida.

Por supuesto que antes de eso iba a googlear a su amigo/víctima para asegurarse de que no era un psicópata. “Con uno por pareja alcanza”, bromeaba para sí.

Una salida. No una película, porque son dos horas de él prestando atención a otros en lugar de a ella. Para evitar esa situación tan contraproducente iba a sugerir al pasar que se encontraran en un bar del Bajo. “Uno de esos lugares donde se festeja San Patricio, cerca de donde están las oficinas.”

Iba a ser una salida bonita, con pantalón de vestir, pelo suelto y poco maquillaje. Antes de que se enamorara de su cuerpo, tenía que lograr que se enamore de ella.

La segunda salida (cena en restaurante importante, de esos que te pegan un sticker en el auto) sería después de varios días y muchos minutos al teléfono.

La cena sería una combinación fatal de vino, pelo recogido y el vestido negro que volvía todas las miradas cuando entraba a las fiestas de casamiento.

“Las salidas se retroalimentan”, pensaba mientras se ponía su calzado deportivo sobre los soquetes de algodón.

Iba a enamorarlo y se iba a dejar enamorar.

La convivencia, prueba de fuego. Que no dejara su ropa tirada, que no exigiera el lado de la cama que le pertenecía a Sara. Si la convivencia resultaba, la parte más difícil habría pasado.

Encendía su MP3.

Conocer a sus padres sería una aventura. Un lindo vestido sin breteles blanco con florcitas rojas delicadas y unas sandalias simples y bajas para no parecer pretenciosa.

Luego, el casamiento de algún colega. Su “gordo”, como lo llamaría para ese entonces, la presentaría a su jefe y a sus amigos del trabajo. La pavonearía y se dejaría mirar con envidia.

Le pagaba al taxi y le decía buenas noches a su conductor.

Sara no pensaba en una fiesta de compromiso., ni siquiera en un anillo de diamantes. Pero quería una declaración verdadera. Eso era condicio sine qua non para tener un final feliz. Necesitaba que su gordo se sincerara para poder confesarse. Para poder contarle la verdad. Con gracia. Le contaría como corría deseando encontrarse con alguien. Y cómo el destino lo había puesto allí. Sería una verdad un poco adornada y aún así, él estaría tan perdidamente enamorado que le parecería una actitud tierna y dulce.

Estiraba los gemelos.

El casamiento sería una pequeña recepción luego de pasar por el edificio enfrentado al Paseo Del Sol. Sólo familiares y unos pocos amigos. No invitaría a ninguno de los colegas por los que había brindado en todas esas fiestas.

Una marcha lenta.

La vida de casados iba a ser increíble. Increíble. Llena de sorpresas, listas para el súper, aniversarios.

Más y más rápido.

Escapadas a la costa, regalos porque sí, hijos que se gradúan del jardín con una sonrisa. Los años pasarían graciosamente.

Cayó con tanta fuerza que quedó desorientada. No entendía qué había sucedido. Había pasado del acto del jardín bilingüe al suelo y de costado. Su marcha había sido perfecta. No se había tropezado con sus propios pies. ¡Si hasta usaba zapatillas con velcro para no enredarse con los cordones! “¡Uy! Disculpame, no te vi. Venía en cualquiera.” ¿Qué? ¿Quién era este extraño que sacudía sus predicciones de la vida futura? “Te ayudo.” ¡Qué indignación! “No, salí. ¿No podés mirar por dónde vas flaco? Mira que son grandes los bosques eh!”. “Si, disculpame. Te pido mil perdones. Tengo el auto a la vuelta, te llevo a tu casa”. “No no, salí. Tengo que seguir corriendo”. “Bueno, pero por favor disculpame, venía en cualquiera. Perdoname por favor”. “Si si, chau” contestó Sara enojada.

Siguió corriendo, mientras pensaba en lo estúpida y distraída que puede ser la gente que va a correr a los bosques de Palermo.

viernes, 15 de enero de 2010

Ana ya no vive

Ana ya no vive. No le interesa. Simplemente no quiere seguir con la farsa de la maravilla. Ana ya no vive. Las experiencias perdieron el encanto. No puede ser feliz frente a tantos deseos ajenos. Ana ya no vive. Lo decidió hace un tiempo. ¿Para qué vivir, si no es más que esperar un turno con la caprichosa Felicidad? No. Ya no lo toleró más y decidió cortar por lo sano. Ahora es distinto. Los días pasan y nada cambia. Porque Ana ya no vive. No ríe. No reniega. No se enoja y ya no llora. Sólo se hunde en lo insípido de la rutina. Jamás pensó que sería así de fácil. Como apagar la luz. Dejar de vivir es tan fácil como eso. Ahora es una espectadora y puede ver las miserias ajenas sin el miedo de padecerlas algún día. Porque para sufrir hay que estar vivo, y Ana ya no vive. Y aunque cualquiera creería que es deplorable, Ana nunca sintió la tranquilidad que tiene ahora. Nada puede afectarla. Nada la daña porque no tiene pretensiones. Soltó sus ideas, sus miedos y sus deseos. Sus recuerdos, sus valores. Ya nada queda. Ana no es más que un envase vacío y, sin embargo, jamás se sintió tan llena.