Sabía Ella de Ornela sus sentimientos más ocultos, rumeaba en silencio un amor que la intoxicaba, que ahogaba sus órganos en el espeso humo de la incoherencia.
Ella estaba convencida de que la marca grabada con fuego de ese amor no se le borraría a Ornela por años y relaciones que pasaran. Ella estaba perdida. Ambas lo estaban. Una contienda eterna y mortal. Lloverían maldiciones y encuentros siniestros. Ella reflexionaba sin poder llegar a una conclusión reconfortante. Soñaba con saltar las barreras de la cordialidad y soltarse al desenfreno pasional que exigían sus instintos.
Perdería a Ornela para siempre. Al resto de sus amigas. Aunque tibias, no mantendrían su pasada relación. Sus vecinos se enterarían, los chusmerios se esparcirían y Ella sería odiada por la comunidad. ¡Ah! Si los demás supieran del infierno constante que Ornela le había causado durante la infancia.
Ella revolvía el té, con la mirada fija en la azucarera de porcelana peruana cuando sonó el teléfono. Ornela. Estaba en su casa. Estaba bien. Quería verla. Ella titubeó buscando una excusa, pero el llamado la había tomado por sorpresa y no se le ocurrió nada. Se resignó a pedir la hora y el lugar de la caprichosa reunión.
Vio a Ornela desde la otra esquina mientras esperaba el semáforo para cruzar. Estaba sentada en la mesa de la ventana, jugando con la carta del café. Ella se tomó un segundo para respirar muy hondo cuando llegó a la puerta.
Entró y fue inmediatamente interceptada por los gritos de Ornela:-¡Ellie! ¡Acá!- gritó, sin reparar en el poco ruido ambiental del bar. Ella nunca había entendido si Ornela hacía estos despliegues de volumen para llamar la atención o si simplemente era parte de su naturaleza. De cualquier modo, Ella no lo aprobaba.
Se sentó luego de saludar a Ornela.
Ornela se lanzó a escupir quejas y críticas hacia el taxista que la había llevado hasta ahí, el tráfico, las bajas temperaturas contemporáneas y, en especial, el jovencísimo mozo del bar: ese pibe que había osado preguntarle si esperaba a alguien o quería que le tomase el pedido:- O sea, ¿Cómo voy a venir acá sola? Te juro, pensé que me estaba jodiendo. Para merendar sola me quedo en casa y listo. No me tomo el trabajo de venir hasta acá. Digamos, Hello? ¿Me lo preguntás en serio? Como la empleada de casa, que hoy me dejó la ropa planchada en el escritorio de la pieza en vez de guardarla en el placard. La quería matar, encima llegué y ya se había ido y no le pude decir nada. Así que me vine para acá y- -Y decidiste agarrártela con el pobre pibe que trabaja de mozo- interrumpió Ella. Ornela se quedó atónita, mirando a Ella con cara de desconcierto.
Ella le hizo señas al mozo y, con una cordialidad extrema y dulce, le pidió si por favor le podía alcanzar un capuchino de vainilla y una medialuna. El mozo respondió:-Por supuesto señorita. ¿De grasa o de manteca?- - De manteca- dijo Ella y le largó una de esas sonrisas irresistibles que guardaba para ocasiones especiales. -¿Y la señorita?- preguntó el mozo, dirigiéndose a Ornela. –A mi me traes un café doble cortado con leche descremada y tres tostadas de pan integral con queso blanco y mermelada DIE-TÉ-TI-CA de durazno.- El tono militar de Ornela transformó la cara del mozo. Ornela calló, y el mozo se fue, sin entender qué hacía una chica tan dulce con otra tan cruel y con unas ganas locas de invitar a Ella a salir.
Ornela se dirigió a Ella con un gesto de superioridad fingido:- Te tengo que contar algooo. Aaaaalgoooo. Que no lo vas a poder CRE-ER. ¡Jajaja! No lo vas a creer, boluda. Te juro. Te vas a morir. MO-RIR. Suerte que estás sentada, porque si no te caías al pisoooo. Te jurooo. Es muy groso. Muy- -¿Vas a seguir con el prólogo mucho más o me vas a contar?-pidió encarecidamente Ella, pensando en las energías que gastaba Ornela con cada introducción.
Ornela no hizo caso a lo cortante de la interrupción de Ella y le preguntó:- ¿A que no sabés quién me llamó? Te doy una ayudita: no me saltó su número porque hace poquito lo borré de mis contactos- Ella no necesitaba esa ayudita, sabía de quién se trataba. –Ah, te llamó. ¿Y qué te dijo? – preguntó Ella, mientras trataba de cerrar la mandíbula de su yo interior. –Bueno, nada. Me dijo que quiere pasar por casa, para que hablemos-. Ella no sabía para dónde correr. ¿Cómo esconder lo que sentía frente a Ornela? Le molestaban tantas cositas de su amiga, tantas actitudes, pero Ornela había estado ahí cuando Ella la había necesitado. Le había hablado. La había escuchado. Había sido LA AMIGA. Se sobrepuso a la revolución interior y le dijo:- ¿Y vos qué pensás que te quiere decir?- - ¡Ay Ellie! ¿No es obvio? Quiere que volvamos nena. Ay, a veces no entiendo lo colgada que sos- - Si,… a veces ni yo me entiendo- dijo Ella, corriendo la carta para hacerle lugar al mozo, que venía con la bandeja cargada con la merienda.
-Bueno, después me contás- dijo Ella, y le agradeció al mozo. –Obvio que sí- respondió Ornela.
Treinta minutos después se estaban despidiendo en la esquina frente al bar. Era tarde y cada una tenía que seguir con su vida.
Ornela llamó a Ella tres días después para decirle, entre un millón de cosas irrelevantes que, efectivamente, su estado civil había cambiado y otra vez estaba de novia.
Ella decidió que todo su drama interno había sido una ilusión, algo irreal, un intento burlón de su subconsciente para ponerle un poco de adrenalina a su vida.
Las semanas pasaron y a Ella la invitó a salir un compañero de trabajo. Estaba en el área de Finanzas y, a diferencia de Ella, le apasionaba su trabajo. Ella no estaba segura al principio, pero las salidas se hicieron más y más frecuentes. Rodrigo Naviero la divertía. Era súper correcto, de esos que te acercan la silla a la mesa y te preguntan si te molesta antes de sacarse el saco. Rodrigo la llevó a los lugares más fascinantes y Ella se dejó entretener.
Era la víspera de la fiesta de cumpleaños de Ornela. Sonó el teléfono a media mañana, al lado de un despertador cansado de que lo golpeen en la cabeza. Rodrigo. Quería agradecerle por una encantadora velada (Sí, era súper correcto). Ella le devolvió el agradecimiento, y algo se encendió en ella. La sinapsis nunca fue tan involuntaria. –Hoy es la fiesta de cumpleaños de una muy amiga mía, Ornela se llama. ¿Querés ir conmigo?- Rodrigo no tuvo que consultar su horóscopo ni su agenda. Nada quería más que ver a Ella. De hecho, era lo único que quería.
La fiesta estaba llena de gente. Ella tardó unos segundos en ubicar a Ornela. Con un vestido más corto que el papado de Juan Pablo I, se reía dando alaridos en el centro de un grupo de hombres. Vio a Ella y, con un gesto dramático abrió los brazos y la boca y largo un “Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah” tan agudo que superó la sirena del disc jockey. Corriendo, se abalanzó sobre Ella:-¡Ellie! Viniste. ¡Qué bueno! Y que linda que estás. Me encanta ese vestido. Te lo tenés que poner más seguido. ¿y este chico? ¿Quién es?- -Orne, el es Rodrigo. Rodrigo, Ornela, como verás, el alma de la fiesta.- -Un placer Ornela, feliz cumple. Muy buena la fiesta.- - Ay graciaaaaas. ¡Qué AMO-OR!- -Les traigo algo para tomar de la barra. ¿Champagne? Enseguida vuelvo- Rodrigo Naviero desapareció entre la multitud.
-¿Y? ¿Qué onda este pibe? ¡Es IN-CRE-Í-BLE Ellie!- -Sí, la verdad que es muy bueno y muy dulce. Todo un caballero- -¡Ah, qué se yo! No sé si es un caballero, lo que te quiero decir es que está bárbaro boluda. Muy fuerte. ¡Para el crimen!
Ella se quedó pasmada. La caballerosidad y oratoria de Rodrigo se habían interpuesto entre los ojos de ella y el cuerpo de él. Ornela tenía razón. ¡Estaba para el crimen!
-Ahora al tuyo hay que presentarle al mío, se llevarían bárbaro. Y si no, los dejamos y buscamos a dos que ya sean amigos- dijo Ornela, y largó una carcajada eufórica.
Ella vio llegar a Rodrigo con tres copas entre las dos manos, y se rió al ver la cara de sorpresa que puso cuando escuchó el alarido de Ornela. Los tres brindaron y Ornela reaccionó eufórica:- voy a buscar a mi novio así brindamos los cuatro. Yeaaaaaaaaaaaah!- Ornela estaba al límite. Su euforia y alcoholismo eran una combinación fatal. Y todos en la fiesta lo sabían, con excepción de Rodrigo Naviero.
Rodrigo se dirigió a Ella. No le habló porque antes se cruzó con sus ojos. Lo miraban fijo, pero con una mirada media perdida. Como si fuera un extraño. La cabeza inclinada hacia la izquierda y una sonrisa incrédula. -¿Pasa algo Ellie?- -No, nada- respondió, sin cambiar el gesto. Se acercó a él y le dio un beso largo y cerrado. –Nada amor. Ella se había enamorado del chico de Finanzas.
Ella no dudó, ni siquiera pidió tiempo para pensarlo cuando Rodrigo le propuso casamiento, siete meses después. Él era todo lo que ella hubiera deseado. Arrodillado en el living de Ella, con un solitario de diamantes y los ojos llenos de lágrimas, vio Ella al hombre de su vida.
Para la fiesta de compromiso que Rodrigo insistió en celebrar, Ornela ya estaba otra vez soltera. Hecho que no impidió que asistiera acompañada a la boda de Ella. Se llamaba Sebastián, jugaba a rugby en CASI, trabajaba en la empresa de su papá, tenía un BMW negro y era lo que Ella definiera siempre como “el perfecto idiota de San Isidro”.
La ceremonia había sido corta, pero muy emotiva. Todo en la fiesta había sido perfecto, pero Ella no estaba para nada sorprendida. Rodrigo se había dedicado incesantemente a preparar el casamiento. Incluso había sacrificado una semana de las vacaciones que la compañía le adeudaba. Y ese esfuerzo había rendido sus frutos. Ella había tenido una noche perfecta.
Pero la perfección no terminó con la boda. Rodrigo se dedicó regularmente a que Ella viviera como una reina. Su reina. Todas las semanas le llevaba flores. Todos los sábados iban al teatro o al cine, y luego a cenar. La sorprendía con escapadas para los fines de semana largos y siempre le traía regalos cuando viajaba por negocios. Cuando a Ella la ascendieron, Rodrigo le armó una deliciosa fiesta sorpresa en el salon del club.
Ella también tuvo que empezar a ausentarse de la casa por trabajo. Sus nuevas responsabilidades le exigían traslados al exterior, lo que significaba hoteles lujosos donde cenaba sola y horas perdidas en salas de embarque exclusivas para ejecutivos. A Ella le fastidiaban esos viajes. Su esposo, en cambio, encontraba en ellos una nueva oportunidad para mostrarle a Ella todo su amor. Al principio, le rociaba el interior de la valija con pétalos de rosas, que Ella descubría cuando, ojerosa, buscaba su pijama al llegar al hotel. Después, Rodrigo comenzó a dejarle recados por teléfono en el lobby del hotel, que el conserje le daba a Ella cuando arribaba para hacer el check in. En esto no estaba solo. Marilú, la secretaria de Ella era quien le daba la información.
Un tiempo más tarde, se enganchó mandándole postales virtuales a la casilla de correo electrónico de Ella. Las más tiernas y las más graciosas.
“¿Cuántas más me va a mandar hasta que pase a otro gesto más ocurrente?”, pensó Ella mientras cerraba la computadora y volvía a la cama.
Rodrigo era perfecto. Perfecto. Era atento, romántico, dedicado, educado por demás, interesante, elocuente, cariñoso. Ella entendía que él la amaba y entendía que todo lo que Rodrigo hacía, lo hacía por y para ella. ¡Si tan sólo Ella pudiera entenderse a sí misma! Entender qué hacía en Barcelona, desnuda, acostada en la cama de su hotel al lado de un ex novio de su mejor amiga. Viéndolo dormir. Ni siquiera lloraba, mucho menos tenía un ataque de histeria. Sólo lo miraba. Trataba, pero de nada servía. No podía comprender qué había pasado desde que él la reconoció al mediodía saliendo del aeropuerto, ni lo que había sucedido el resto del día, cuando fueron a caminar por la Barcelonesa, cenaron en un bar y recorrieron La Rambla.
No comprendía por qué había dejado que la acompañase hasta su habitación. Mucho menos por qué lo había invitado a pasar. Todo parecía un denso delirio de opio. Años habían pasado. Ornela probablemente ni siquiera recordaría su apellido.
Ella rápidamente se puso la bata del hotel. Habían golpeado la puerta. Ella tenía que salir, y con una sonrisa educada, pedirle a la mucama que por favor regresara más tarde para hacer la habitación.
Pero Ella no puso ser educada. Ni siquiera pudo hablar. Sólo alcanzó a abrir la boca y quedarse inmóvil al ver que del otro lado había un Rodrigo Naviero exhausto, con una valija pequeña y un ramo de rosas barcelonesas compradas a la salida del aeropuerto.
Había pedido permiso a su jefe para volar hasta allá y sorprender a Ella. Y la sorpresa se la llevó él.
