sábado, 16 de enero de 2010

El paso vacío

Sara ama la sopa y odia la oscuridad. Cree en el amor y cambia monedas por caramelos. Piensa que todo cambia y no tolera quedarse quieta. Nómade, sale a correr todas las noches tratando de tropezarse con alguien a quien amar. Busca a un corredor atlético que vaya por los Bosques de Palermo descuidado. Un distraído a quien engañar. A quien hacerle creer que ella también va distraída, concentrada en su música, sin prestar atención a los demás. Pero no. Esa no era ella. Sara era calculadora, no fría ni mala persona-aunque quién soy yo para calificarla de buena o mala persona. No quería engañar a un muchacho sólo porque podía. Creo que antes pecaba por ingenua. Ahora no. Ya era otra. Había cambiado, había decidido tomar el toro por las astas. Su amor no había llegado en tres décadas y no iba a esperar más. No se había dado por vencida, sino que había cambiado su enfoque del amor. Ya había aguardado lo suficiente y si su amor no se había dignado a llegar, ella iba a encontrarlo.

Así que corría. Por los bosques urbanos, un parque cercado por un tráfico constante, una excusa de naturaleza, un espejismo, un oasis en medio de un desierto de cemento.

Tenía todo calculado. El choque, la caída, la torcedura de tobillo, la mirada ingenua y la sonrisa cómplice. La renguera, tan falsa como el sueño de la humanidad. Sara pondría todas sus armas seductoras para conseguir lo que quería. Una pregunta, una pregunta particular. “-¿Me das tu mail?”-. No se haría rogar, sus treinta años no se lo permitían. Además, estaba convencida de que su reloj biológico adelantaba. Una dirección dual, para escribir y para chatear. “-¿Y tu teléfono?- -Empecemos por el mail y vemos qué onda”. “qué onda”. ¿QUÉ ONDA? ¡Por Dios Sara! Treinta años, una carrera de grado, maestría, alumnos y vas a contestar un “qué onda”. Todo un plan elaborado y deja una chiquilinada de tremendo calibre.

El chat iba a ser distendido, tranquilo y no muy revelador. Iba a plantar el misterio para conseguir una salida.

Por supuesto que antes de eso iba a googlear a su amigo/víctima para asegurarse de que no era un psicópata. “Con uno por pareja alcanza”, bromeaba para sí.

Una salida. No una película, porque son dos horas de él prestando atención a otros en lugar de a ella. Para evitar esa situación tan contraproducente iba a sugerir al pasar que se encontraran en un bar del Bajo. “Uno de esos lugares donde se festeja San Patricio, cerca de donde están las oficinas.”

Iba a ser una salida bonita, con pantalón de vestir, pelo suelto y poco maquillaje. Antes de que se enamorara de su cuerpo, tenía que lograr que se enamore de ella.

La segunda salida (cena en restaurante importante, de esos que te pegan un sticker en el auto) sería después de varios días y muchos minutos al teléfono.

La cena sería una combinación fatal de vino, pelo recogido y el vestido negro que volvía todas las miradas cuando entraba a las fiestas de casamiento.

“Las salidas se retroalimentan”, pensaba mientras se ponía su calzado deportivo sobre los soquetes de algodón.

Iba a enamorarlo y se iba a dejar enamorar.

La convivencia, prueba de fuego. Que no dejara su ropa tirada, que no exigiera el lado de la cama que le pertenecía a Sara. Si la convivencia resultaba, la parte más difícil habría pasado.

Encendía su MP3.

Conocer a sus padres sería una aventura. Un lindo vestido sin breteles blanco con florcitas rojas delicadas y unas sandalias simples y bajas para no parecer pretenciosa.

Luego, el casamiento de algún colega. Su “gordo”, como lo llamaría para ese entonces, la presentaría a su jefe y a sus amigos del trabajo. La pavonearía y se dejaría mirar con envidia.

Le pagaba al taxi y le decía buenas noches a su conductor.

Sara no pensaba en una fiesta de compromiso., ni siquiera en un anillo de diamantes. Pero quería una declaración verdadera. Eso era condicio sine qua non para tener un final feliz. Necesitaba que su gordo se sincerara para poder confesarse. Para poder contarle la verdad. Con gracia. Le contaría como corría deseando encontrarse con alguien. Y cómo el destino lo había puesto allí. Sería una verdad un poco adornada y aún así, él estaría tan perdidamente enamorado que le parecería una actitud tierna y dulce.

Estiraba los gemelos.

El casamiento sería una pequeña recepción luego de pasar por el edificio enfrentado al Paseo Del Sol. Sólo familiares y unos pocos amigos. No invitaría a ninguno de los colegas por los que había brindado en todas esas fiestas.

Una marcha lenta.

La vida de casados iba a ser increíble. Increíble. Llena de sorpresas, listas para el súper, aniversarios.

Más y más rápido.

Escapadas a la costa, regalos porque sí, hijos que se gradúan del jardín con una sonrisa. Los años pasarían graciosamente.

Cayó con tanta fuerza que quedó desorientada. No entendía qué había sucedido. Había pasado del acto del jardín bilingüe al suelo y de costado. Su marcha había sido perfecta. No se había tropezado con sus propios pies. ¡Si hasta usaba zapatillas con velcro para no enredarse con los cordones! “¡Uy! Disculpame, no te vi. Venía en cualquiera.” ¿Qué? ¿Quién era este extraño que sacudía sus predicciones de la vida futura? “Te ayudo.” ¡Qué indignación! “No, salí. ¿No podés mirar por dónde vas flaco? Mira que son grandes los bosques eh!”. “Si, disculpame. Te pido mil perdones. Tengo el auto a la vuelta, te llevo a tu casa”. “No no, salí. Tengo que seguir corriendo”. “Bueno, pero por favor disculpame, venía en cualquiera. Perdoname por favor”. “Si si, chau” contestó Sara enojada.

Siguió corriendo, mientras pensaba en lo estúpida y distraída que puede ser la gente que va a correr a los bosques de Palermo.

viernes, 15 de enero de 2010

Ana ya no vive

Ana ya no vive. No le interesa. Simplemente no quiere seguir con la farsa de la maravilla. Ana ya no vive. Las experiencias perdieron el encanto. No puede ser feliz frente a tantos deseos ajenos. Ana ya no vive. Lo decidió hace un tiempo. ¿Para qué vivir, si no es más que esperar un turno con la caprichosa Felicidad? No. Ya no lo toleró más y decidió cortar por lo sano. Ahora es distinto. Los días pasan y nada cambia. Porque Ana ya no vive. No ríe. No reniega. No se enoja y ya no llora. Sólo se hunde en lo insípido de la rutina. Jamás pensó que sería así de fácil. Como apagar la luz. Dejar de vivir es tan fácil como eso. Ahora es una espectadora y puede ver las miserias ajenas sin el miedo de padecerlas algún día. Porque para sufrir hay que estar vivo, y Ana ya no vive. Y aunque cualquiera creería que es deplorable, Ana nunca sintió la tranquilidad que tiene ahora. Nada puede afectarla. Nada la daña porque no tiene pretensiones. Soltó sus ideas, sus miedos y sus deseos. Sus recuerdos, sus valores. Ya nada queda. Ana no es más que un envase vacío y, sin embargo, jamás se sintió tan llena.

jueves, 14 de enero de 2010

Muerte de Cruzena

Cruzena iba a morir. Lo sabía al igual que lo saben todos. Pero a ella no le preocupaba. No le molestaba en lo más mínimo pensar en el fin de su existencia, porque sabía que cuanto más tiempo le dedicara, más pronto llegaría. Y ella no era una persona de sentarse a pensar. Antes que filosofar sobre el Universo, Cruzena prefería una buena taza de té, o una caminata por el parque, o también ir a las reuniones que tenía con sus amigas una vez por semana.

A Cruzena no le gustaba pensar. Claro que es algo que a los mortales se les escapa de su control. Pero no era ésta la noción de pensamiento en la que (¡curiosamente!) pensaba Cruzena. Cruzena quería escaparle al pensamiento profundo, abstracto, infinito, que excede la capacidad del hombre.

Cruzena no servía para esto. Siempre le había costado Filosofía en el secundario y creía estar para otras cosas. Cruzena ríe y revuelve el té con una cucharita mientras escucha a Amelia hablar sobre la diferencia de color que había entre las cejas y la cabellera de su jefe.

Sale del café y alguien le entrega un folleto sobre un curso terciario de psicología. Cruzena lo mira e inmediatamente lo arroja al tacho más cercano.

Llega a su casa y enciende el televisor, sintonizando su canal más relajante. Observa atentamente cada imagen que aparece en la pantalla: Una mujer de verde, un auto más grande que la cocina de su pequeñísimo apartamento, una piscina donde fácilmente caben ella y todas sus amistades y parientes.

Llega la noche y Cruzena sale con sus amigos en busca de diversión. En el tercer bar Cruzena entabla relaciones efusivas y amistosas con un muchacho algo mayor que ella (en el primer bar no había chicos y en el segundo ninguno aceptable.)

Llega la madrugada y Cruzena deposita en la cama los restos de la ofrenda a los dioses del desenfreno, que una vez más otorgó. Deja caer restos de persona, órganos bañados en alcohol y una cabeza enturbiada.

Duerme envuelta en sueños y fríos en los pies. Se levanta a los pocos minutos, elimina el exceso de alcohol que permanecía en su estómago molestándola y vuelve para acostarse. En el trayecto a la cama Cruzena observa un portarretratos con una imagen de ella y su novio y piensa: “¿Qué es lo que nos une? ¿Será que estamos tan solos en esta vida que debemos aferrarnos a algo que nos genere emociones tan contrapuestas como el amor? ¿Qué es tan grandioso del amor? Si te lastima y te hace sufrir. ¡Eso es! El hombre necesita sufrir, si no, no es hombre. Si el único dolor que experimenta es el dolor físico, es sólo una bestia más.

Pero el hombre no es la gran cosa. El hombre miente, roba engaña y hace doler.

Sentimos para saber lo que es sufrir, hablamos para que alguien nos calle, amamos para que nos rompan el corazón, lloramos para olvidar, volvemos para no recordar. Sanamos para volver a lastimarnos. Soñamos para ver nuestras esperanzas hechas pedazos. Buscamos tesoros para que otro los encuentre y los use para cosas triviales y no para completar nuestra vida. Dormimos para despertar, odiamos para perdonar. Vivimos para morir. ¡Oh Dios! La muerte, ¿Qué será de nosotros cuando nuestra hora llegue?”.

Cruzena se acuesta y apaga la luz. Odia este momento, pero sabe que cuando despierte la resaca se habrá ido y ya no pensará.

Nacimiento

Orden. Ordená tu cuarto. Ordená tus pensamientos porque así no se entiende nada. Que alguien ponga orden porque la ciudad es un CAOS. Semáforos, leyes, buenos modales. Por orden de importancia. Por orden de llegada. Por orden aleatorio. Sin orden no se puede vivir. Sin embargo, un poco de caos cada tanto no viene nada mal. Es más, a veces gusta. Un blog para hacerle un lugar a historias caóticas. Al caos interior. Caos sobre el orden. Chao ab ordo.