Sara ama la sopa y odia la oscuridad. Cree en el amor y cambia monedas por caramelos. Piensa que todo cambia y no tolera quedarse quieta. Nómade, sale a correr todas las noches tratando de tropezarse con alguien a quien amar. Busca a un corredor atlético que vaya por los Bosques de Palermo descuidado. Un distraído a quien engañar. A quien hacerle creer que ella también va distraída, concentrada en su música, sin prestar atención a los demás. Pero no. Esa no era ella. Sara era calculadora, no fría ni mala persona-aunque quién soy yo para calificarla de buena o mala persona. No quería engañar a un muchacho sólo porque podía. Creo que antes pecaba por ingenua. Ahora no. Ya era otra. Había cambiado, había decidido tomar el toro por las astas. Su amor no había llegado en tres décadas y no iba a esperar más. No se había dado por vencida, sino que había cambiado su enfoque del amor. Ya había aguardado lo suficiente y si su amor no se había dignado a llegar, ella iba a encontrarlo.
Así que corría. Por los bosques urbanos, un parque cercado por un tráfico constante, una excusa de naturaleza, un espejismo, un oasis en medio de un desierto de cemento.
Tenía todo calculado. El choque, la caída, la torcedura de tobillo, la mirada ingenua y la sonrisa cómplice. La renguera, tan falsa como el sueño de la humanidad. Sara pondría todas sus armas seductoras para conseguir lo que quería. Una pregunta, una pregunta particular. “-¿Me das tu mail?”-. No se haría rogar, sus treinta años no se lo permitían. Además, estaba convencida de que su reloj biológico adelantaba. Una dirección dual, para escribir y para chatear. “-¿Y tu teléfono?- -Empecemos por el mail y vemos qué onda”. “qué onda”. ¿QUÉ ONDA? ¡Por Dios Sara! Treinta años, una carrera de grado, maestría, alumnos y vas a contestar un “qué onda”. Todo un plan elaborado y deja una chiquilinada de tremendo calibre.
El chat iba a ser distendido, tranquilo y no muy revelador. Iba a plantar el misterio para conseguir una salida.
Por supuesto que antes de eso iba a googlear a su amigo/víctima para asegurarse de que no era un psicópata. “Con uno por pareja alcanza”, bromeaba para sí.
Una salida. No una película, porque son dos horas de él prestando atención a otros en lugar de a ella. Para evitar esa situación tan contraproducente iba a sugerir al pasar que se encontraran en un bar del Bajo. “Uno de esos lugares donde se festeja San Patricio, cerca de donde están las oficinas.”
Iba a ser una salida bonita, con pantalón de vestir, pelo suelto y poco maquillaje. Antes de que se enamorara de su cuerpo, tenía que lograr que se enamore de ella.
La segunda salida (cena en restaurante importante, de esos que te pegan un sticker en el auto) sería después de varios días y muchos minutos al teléfono.
La cena sería una combinación fatal de vino, pelo recogido y el vestido negro que volvía todas las miradas cuando entraba a las fiestas de casamiento.
“Las salidas se retroalimentan”, pensaba mientras se ponía su calzado deportivo sobre los soquetes de algodón.
Iba a enamorarlo y se iba a dejar enamorar.
La convivencia, prueba de fuego. Que no dejara su ropa tirada, que no exigiera el lado de la cama que le pertenecía a Sara. Si la convivencia resultaba, la parte más difícil habría pasado.
Encendía su MP3.
Conocer a sus padres sería una aventura. Un lindo vestido sin breteles blanco con florcitas rojas delicadas y unas sandalias simples y bajas para no parecer pretenciosa.
Luego, el casamiento de algún colega. Su “gordo”, como lo llamaría para ese entonces, la presentaría a su jefe y a sus amigos del trabajo. La pavonearía y se dejaría mirar con envidia.
Le pagaba al taxi y le decía buenas noches a su conductor.
Sara no pensaba en una fiesta de compromiso., ni siquiera en un anillo de diamantes. Pero quería una declaración verdadera. Eso era condicio sine qua non para tener un final feliz. Necesitaba que su gordo se sincerara para poder confesarse. Para poder contarle la verdad. Con gracia. Le contaría como corría deseando encontrarse con alguien. Y cómo el destino lo había puesto allí. Sería una verdad un poco adornada y aún así, él estaría tan perdidamente enamorado que le parecería una actitud tierna y dulce.
Estiraba los gemelos.
El casamiento sería una pequeña recepción luego de pasar por el edificio enfrentado al Paseo Del Sol. Sólo familiares y unos pocos amigos. No invitaría a ninguno de los colegas por los que había brindado en todas esas fiestas.
Una marcha lenta.
La vida de casados iba a ser increíble. Increíble. Llena de sorpresas, listas para el súper, aniversarios.
Más y más rápido.
Escapadas a la costa, regalos porque sí, hijos que se gradúan del jardín con una sonrisa. Los años pasarían graciosamente.
Cayó con tanta fuerza que quedó desorientada. No entendía qué había sucedido. Había pasado del acto del jardín bilingüe al suelo y de costado. Su marcha había sido perfecta. No se había tropezado con sus propios pies. ¡Si hasta usaba zapatillas con velcro para no enredarse con los cordones! “¡Uy! Disculpame, no te vi. Venía en cualquiera.” ¿Qué? ¿Quién era este extraño que sacudía sus predicciones de la vida futura? “Te ayudo.” ¡Qué indignación! “No, salí. ¿No podés mirar por dónde vas flaco? Mira que son grandes los bosques eh!”. “Si, disculpame. Te pido mil perdones. Tengo el auto a la vuelta, te llevo a tu casa”. “No no, salí. Tengo que seguir corriendo”. “Bueno, pero por favor disculpame, venía en cualquiera. Perdoname por favor”. “Si si, chau” contestó Sara enojada.
Siguió corriendo, mientras pensaba en lo estúpida y distraída que puede ser la gente que va a correr a los bosques de Palermo.
