jueves, 14 de enero de 2010

Muerte de Cruzena

Cruzena iba a morir. Lo sabía al igual que lo saben todos. Pero a ella no le preocupaba. No le molestaba en lo más mínimo pensar en el fin de su existencia, porque sabía que cuanto más tiempo le dedicara, más pronto llegaría. Y ella no era una persona de sentarse a pensar. Antes que filosofar sobre el Universo, Cruzena prefería una buena taza de té, o una caminata por el parque, o también ir a las reuniones que tenía con sus amigas una vez por semana.

A Cruzena no le gustaba pensar. Claro que es algo que a los mortales se les escapa de su control. Pero no era ésta la noción de pensamiento en la que (¡curiosamente!) pensaba Cruzena. Cruzena quería escaparle al pensamiento profundo, abstracto, infinito, que excede la capacidad del hombre.

Cruzena no servía para esto. Siempre le había costado Filosofía en el secundario y creía estar para otras cosas. Cruzena ríe y revuelve el té con una cucharita mientras escucha a Amelia hablar sobre la diferencia de color que había entre las cejas y la cabellera de su jefe.

Sale del café y alguien le entrega un folleto sobre un curso terciario de psicología. Cruzena lo mira e inmediatamente lo arroja al tacho más cercano.

Llega a su casa y enciende el televisor, sintonizando su canal más relajante. Observa atentamente cada imagen que aparece en la pantalla: Una mujer de verde, un auto más grande que la cocina de su pequeñísimo apartamento, una piscina donde fácilmente caben ella y todas sus amistades y parientes.

Llega la noche y Cruzena sale con sus amigos en busca de diversión. En el tercer bar Cruzena entabla relaciones efusivas y amistosas con un muchacho algo mayor que ella (en el primer bar no había chicos y en el segundo ninguno aceptable.)

Llega la madrugada y Cruzena deposita en la cama los restos de la ofrenda a los dioses del desenfreno, que una vez más otorgó. Deja caer restos de persona, órganos bañados en alcohol y una cabeza enturbiada.

Duerme envuelta en sueños y fríos en los pies. Se levanta a los pocos minutos, elimina el exceso de alcohol que permanecía en su estómago molestándola y vuelve para acostarse. En el trayecto a la cama Cruzena observa un portarretratos con una imagen de ella y su novio y piensa: “¿Qué es lo que nos une? ¿Será que estamos tan solos en esta vida que debemos aferrarnos a algo que nos genere emociones tan contrapuestas como el amor? ¿Qué es tan grandioso del amor? Si te lastima y te hace sufrir. ¡Eso es! El hombre necesita sufrir, si no, no es hombre. Si el único dolor que experimenta es el dolor físico, es sólo una bestia más.

Pero el hombre no es la gran cosa. El hombre miente, roba engaña y hace doler.

Sentimos para saber lo que es sufrir, hablamos para que alguien nos calle, amamos para que nos rompan el corazón, lloramos para olvidar, volvemos para no recordar. Sanamos para volver a lastimarnos. Soñamos para ver nuestras esperanzas hechas pedazos. Buscamos tesoros para que otro los encuentre y los use para cosas triviales y no para completar nuestra vida. Dormimos para despertar, odiamos para perdonar. Vivimos para morir. ¡Oh Dios! La muerte, ¿Qué será de nosotros cuando nuestra hora llegue?”.

Cruzena se acuesta y apaga la luz. Odia este momento, pero sabe que cuando despierte la resaca se habrá ido y ya no pensará.

Nacimiento

Orden. Ordená tu cuarto. Ordená tus pensamientos porque así no se entiende nada. Que alguien ponga orden porque la ciudad es un CAOS. Semáforos, leyes, buenos modales. Por orden de importancia. Por orden de llegada. Por orden aleatorio. Sin orden no se puede vivir. Sin embargo, un poco de caos cada tanto no viene nada mal. Es más, a veces gusta. Un blog para hacerle un lugar a historias caóticas. Al caos interior. Caos sobre el orden. Chao ab ordo.